18 de abril de 2018

Por la isla de Flores, en Indonesia

Sobre la isla de Flores la madre de todas las guías, la famosa Lonely Planet, dice más o menos lo siguiente: "Algunos superhombres ciclistas con piernas de acero consiguen cruzar la isla, tomando autobuses para subir las peores colinas y después bajarlas pedaleando, pero la topografía de la isla excluye a cualquiera que no sea un fuera de serie del Tour de France."

Ante esta atemorizante perspectiva dudamos sobre nuestra capacidad para cruzar la isla en bici. ¿Tour de France, nosotros? ¿Superhombres, piernas de acero? Anda ya... Si somos del montón, como mucho. Con lo que habíamos sufrido en las imposibles cuestas de Sulawesi, ¿Flores iba a ser peor?

Flores resultó durilla, pero para nada imposible. Y, desde luego, nada de autobuses para subir las peores cuestas. Nuestras dudas fueron una muestra más de nuestra inveterada humildad (ejem), de nuestra extraordinaria condición física (ejem, ejem)... o de que el que escribió la guía no era precisamente un atleta, salvo de la exageración (lo más probable).

40 horas en ferry... que dieron para dos anocheceres. Ni tan mal.
Pero todo ello lo supimos después. Mientras tanto, la duda nos corroía -bueno, es un decir- durante otro interminable viaje en ferry. Ese ferry que, con su correspondiente dosis de infantes gritones, televisiones a todo volumen, música a todas horas, alta densidad poblacional, superabundancia de cucarachas, sanitarios no muy sanos y repetitiva comida, nos transportó desde Makassar en Sulawesi hasta Labuan Bajo en Flores durante 40 interminables horas.

Bonito nombre, Flores, aunque, como dice algún cicloviajero, si quisieron usar un nombre que representara la isla, los portugueses deberían haberla bautizado "Montañas" o "Volcanes".

Flores fue colonia portuguesa entre los siglos XVI y XIX, hasta su cesión a los holandeses en 1856 junto al resto de las islas de la Sonda (lo que hoy corresponde a Bali, Lombok, Sumbawa, Flores, Sumba y Timor Occidental, además de otras muchas islas menores). Entre otras cosas los portugueses dejaron un enraizado catolicismo, muy visible especialmente estos días de Semana Santa. De hecho, las procesiones de Larantuka en el oeste de la isla se llaman así, Semana Santa en perfecto portugués (o castellano), aunque no hace falta llegar a esta ciudad para ver procesiones, estaciones del vía crucis adornadas con flores e imágenes, cruces dispuestas en grupos de tres y adornadas con paños morados, etc. en casi todas las poblaciones de la isla. Muy católicos, estos habitantes de Flores. (Por cierto, ¿cómo es el gentilicio de Flores: floreros, floridos, floreados? ¿Pétalos, estambres, pistilos? ¿Su vida sexual se circunscribe a la polinización por medio de abejas o tiene algo más?)

Mini altares a los lados de la carretera el Jueves Santo.
Como casi siempre ocurre, desde la distancia uno ve los países como una unidad, algo homogéneo. Después llegas y, a pesar de ser un simple viajero que apenas si habla el idioma ni se entera prácticamente de nada, uno se da cuenta rápidamente de que no es así. En Indonesia cada isla es un mundo y, a veces, un mundo de mundos, cada isla con diferente historia, idiomas, religiones, naturaleza, orografía, etc. Es un pequeño milagro que Indonesia sea un país.

En Labuan Bajo nos reencontramos con Peter, errante como buen holandés que es y con quien ya habíamos coincidido en este viaje en Nepal. Divertido y con interesante conversación, sigue hecho un lío sobre el sentido de su vida y vaga por el mundo movido más por lo económico del destino que por su atractivo.

No menos interesantes y divertidos fueron Marta y Koko, cicloviajeros de largo recorrido de Pamplona con quienes habíamos mantenido una relación epistolar desde hace ya tres o cuatro años. Por fin nos encontramos y pudimos pedalear (y holgazanear) unos cuantos días en su estupenda compañía.

Labuan Bajo es una ciudad tirando a fea y, ahora que estaba en obras, polvorienta, pero sus alrededores compensan esta fealdad con creces. Como además teníamos que extender nuestro visado en su oficina de inmigración -con, cómo no, la habitual estupidez burocrática que tanto me gusta- y la compañía era agradable, acabamos pasando unos cuantos días en esta ciudad.

Los tranquilos dragones de Komodo. Demasiado. Menos mal que uno
decidió tocarle las pelotillas al otro e interaccionaron un poco.
Hicimos la típica excursión a Komodo para ver sus famosos dragones. En la mitología se afirma que la sangre de dragón cura desórdenes respiratorios y digestivos, de tal forma que en otros tiempos era muy demandada (seguramente los defensores del uso de medicinas alternativas por su efecto placebo defenderían su venta). El caso es que parece que la sangre del dragón de Komodo -el de verdad- está llena de compuestos que podrían ser usados como antibióticos. Los dragones de Komodo cazan a sus víctimas de un mordisco, momento en el que les inoculan un mortífero chute de bacterias. Las presas generalmente no mueren inmediatamente, sino que, envenenadas con las bacterias, caen a las horas o los días y el paciente dragón, que las sigue y vigila a una prudente distancia, se las podrá comer sin pelea... y protegido por los antibióticos de su sangre. Antes este gran lagarto se alimentaba de, mira tú qué contradicción, elefantes enanos y de ratas gigantes, que se extinguieron poco después de la llegada del hombre a la isla.

Pero lo mejor del día fue ir a Manta Point, para "volar" en el mar junto a un montón de mantas. Una belleza ver desde tan, tan cerca estos enormes bichos de unos 4,5m de ancho (pueden llegar a los 7m) nadar contra corriente con esa gracilidad y ligereza. Sin duda, una de las mejores experiencias del viaje.

Perfectos volcanes a la vista y un costante sube y baja.
Ya en el interior de la isla el paisaje geográfico es espectacular, una isla preciosa llena de volcanes y montañas (y sus correspondientes largas y empinadas cuestas), densas selvas, bosques de bambú, plantaciones de cacao y de café, abruptas costas con playas negras de lava o blancas de coral. El paisaje humano es, en cierto sentido, menos esplendoroso, pues se ve bastante pobreza. Gente malnutrida, descalza (muchos niños caminan descalzos al colegio, con los zapatos en la mano), pobremente vestida. Muchos mastican continuamente betel, que les deja con un cierto mareo, una dentadura roja hecha un auténtico desastre y unos espesos gargajos rojizos que lo manchan todo. Flores es una especie de vuelta a África, con caras oscuras, pelos rizados, chozas de caña y paja, una mezcla de catolicismo y animismo, con totems decorando casas y aldeas. No faltan los muecines, pero hay menos.

La gente es agradable y expansiva, aunque, como en el resto de Indonesia, resulta a veces un poco pesada con el "Hello, Misterrr! Where are you going?". Pero como te lo dicen con simpatía y buena intención, no te puedes enfadar aunque te lo pregunten mil veces al día. Curiosamente el nivel de inglés es bastante bueno, sobre todo en el oeste de la isla, pues abundan las escuelas de turismo. Regularmente jóvenes estudiantes se acercan a uno con una invitación a tomar café o simplemente con intención de ayudar.

Tenderos del mercado de Ruteng. Súper majetes todos.
Tras una escala técnica en Ruteng y una visita a su muy auténtico mercado, tres días más de pedaleo por montañas con la vista sobre el imponente volcán Inerie, nos depositaron en Bajawa. Desde esta población nos pillamos una moto para visitar los pueblos Ngada. Dada la cantidad de cuestas con las que nos topamos, fue una sabia decisión.

Los más de 60.000 ngadas que habitan la zona practican una mezcla de animismo y cristianismo, parece que una hábil jugada por parte de los misioneros, cuya flexibilidad para admitir la mezcla les permitió ganar adeptos. Adoran a Gae Dewa, un dios que une a Dewa Zeta (los cielos) y a Nitu Sale (la tierra). En los pueblos los símbolos más evidentes de sus tradiciones son las parejas de ngadhu y bha-ga. El ngadhu, una especie de sombrilla de unos tres metros de alto representa lo masculino, mientras que bha-ga, una casa en miniatura con techo de paja, representa lo femenino. Cada pareja está asociada con una familia.

Saltando delante de los ngadhu, las sombrillas que representan lo masculino.
Por lo visto celebran también un montón de ritos y ceremonias, de los que no fuimos testigos, así que poco puedo decir al respecto. Solo en uno de los pueblos vimos a otros turistas, pero siempre le queda a uno la duda de cuánto de lo que ahora se celebra es auténtico o para el viajero. Lo que sí sabemos es que, aunque los ngada no sean matriarcales (los ancianos -en el sentido de jefes o sabios- del pueblo son hombres), sí son matrilineales y así la propiedad pasa de madres a hijas.

Tal vez por el día y las horas de nuestras visitas a estos pueblos (los más jóvenes estarían estudiando o trabajando), la sensación fue de ver pueblos medio vacíos, habitados únicamente por algún niño y muchas ancianas, ancianas que vendían telas tradicionales y nueces de macadamia que crepitaban al secarse al sol, junto a los más silenciosos granos de cacao y café.

Dos de los tres lagos del volcán Kelimutu.
Tres días más de sube y baja ciclista nos acercaron a Moni, punto desde el que se visita el volcán Kelimitu y los tres lagos multicolor de sus cráteres. Bien, aunque las expectativas eran tal vez demasiado altas. Tras mucha discusión sobre si debíamos saltarnos el control de entrada y evitar el pago de 150.000 Rupias por cabeza (los indonesios pagan 7.500 Rupias), la cordura que da la edad y una mínima flexibilidad financiera prevaleció y así no tuvimos que iniciar el ascenso al volcán a eso de la 1 o 2 de la mañana para burlar al segurata y quedarnos como pajaritos hasta ver el amanecer. En lugar de ello, nos alquilamos una moto y a las 6 estábamos viendo la salida del sol como señores, con un humeante café en las manos. Eso sí, no satisfecho con pinchar mi bici en unas cuantas ocasiones en estas últimas semanas, la rueda trasera de nuestra moto decidió agujerearse y dejarnos tirados. Menos mal que fue a la bajada.

De relax por las playas de arena blanca de Koka, sin turistas.
Tanta cuesta arriba y abajo fue terreno abonado para que nuestras baqueteadas piernas pidieran descanso y nos quedáramos varios días en la estupenda playa doble de Koka, un remanso de paz, tranquilidad... y mucho pescado a la brasa. Fueron días de interminable conversación con Koko y Marta, algún baño, lectura y poco más.

Con pena abandonamos este pequeño paraíso y en una jornada de bici por una carretera que siempre nos sorprendía por sus cuestas (y, a veces, también por sus chaparrones) nos plantamos en la capital de Flores, Maumere. Desde esta ciudad, un tanto destartalada (tal vez debido al terremoto y consiguiente tsunami que destruyeron el 90% de los edificios de la ciudad en 1992) y en estado semicomatoso por ser Viernes Santo, cogimos lo que sería nuestro último ferry en bastante tiempo, en este caso a Timor, la etapa final en Indonesia.

Un abrazo
Las vistas que nos iba dejando el largo viaje en ferry. Islas indiscutiblemente volcánicas.
Anocheceres desde las terrazas de Labuan Bajo.
Camino de la isla de Komodo.
La isla Padar vista desde su punto más alto. Ni habiendo salido a las 5 y media de la mañana nos libramos del calor.
Niños alegres cuidando del ganado.
Subiendo al pueblo de Ruteng.
Nuestra guía decía que el mercado de Ruteng estaba bajo tierra, y no entendíamos muy bien qué quería decir hasta que de repente entre dos casas se abrieron unas empinadas escaleras y aparecimos encima del primer puesto.
Impresionante la habilidad de estos hombres para machete en mano pelar los cocos consiguiendo que algunos hasta conserven el líquido. Cuando compramos cocos siempre se extrañan de que nos lo llevemos entero en vez de rallado en la máquina que ralla bajo demanda. Qué gusto que todo esté siempre tan fresco en estos mercados.
Impresionantes las sonrisas de los vendedores del mercado, con la poca luz que había, los olores que se acumulaban, el lío que se armaba por los listos que optan por hacer sus compras en moto....
Al rico pescadito seco.
Los coloridos Taqiyah
Me gustó mucho cómo llevaba el pañuelo y le pedí una foto, a lo que accedió encantado. Pero quiso rehacerse el pañuelo, y no supe entender si esta nueva forma de colocárselo era más ceremonial o simplemente la falta de un espejo.
El mercado de Ruteng estaba lleno de hermanas religiosas de diferentes congregaciones a juzgar por los diferentes "uniformes". Charlamos con dos muy majas y con perfecto inglés tras haberse formado en Manila durante tres años. Estaban en una misión en las montañas donde atendían a los necesitados y dos veces a la semana bajaban al mercado, a una hora de camino de su misión.
En los restaurantes rarísima vez encontrábamos alguna legumbre, pero en los mercados siempre estaban presentes. Lo de abajo a la izquierda es café, que se vende también en todas sus "fases".
El gesto del dedo no quiere ser faltón, es simplemente "guay" para ellos. Usaban goitiberas con los mismos rodamientos de metal que las que se fabricaban en nuestros tiempos para arrastrar los leños cuesta arriba. ¿Imaginamos que también los usaban para bajar por esas mismas cuestas montados?
A pesar de que probablemente preferirían pasar su mañana de sábado de cualquier otra manera, volvían a casa de lo más alegres.
Café y terrazas de arroz = la isla de Flores
Y aquí tenéis la bandera de Indonesia, para el que no la conociera.
Terrazas y terrazas de arroz.
El dedo corazón, los dos dedos del "fuck off" inglés, o los cuernos. Todo vale para los posados. Fantásticas.
En Flores vimos muchas casas de paredes de bambú y tejados de hojas de palma. Algunas muy dignas y moñoñas, aunque tuvieran hasta suelo de tierra.
Y este ha sido el juego ganador en Indonesia. De los chicos, no hemos visto chicas corriendo detrás de una rueda con dos palos metidos en un vaso de plástico dentro de un neumático. :)
Playas de arena negra.
El volcán Inierie y sus 2.245m directos desde el mar, al fondo.
Cambiando las bicis por moto.
Y menos mal, con los importantes desniveles que había para visitar los pueblos de los Ngada.
La sombrilla masculina o ngadhu con símbolos de armas en su tejado.
En el interior los grabados de su mástil.
Las mujeres ancianas de los pueblos Ngada lo eran y mucho. Vimos algunas tumbas donde haciendo los cálculos con las fechas, vimos cómo no era algo raro llegar a los 90.
Un cuerno de animal usado para machacar la nuez de betel. Rara era la anciana que no consumía esta nuez.
El pueblo de Bena. Nos parecía sacado de África.
En los tejados de las casas había una casita, como representación de lo femenino, o un monigote tipo vudú como representación de lo masculino.
Impesionante ver como aún machacan el maíz.
El pueblo de Gurusina. No solo los pueblos eran de lo más atractivos sino también su ubicación.
Lo animista y lo cristiano, incluida foto del Papa, en las curiosas fachadas de las casas de los Ngada y su enana entrada.
Los Ngada secaban las nueces de macadamia, las partían a golpes tras encajarlas en un agarre de bambú, y las separaban luego de sus cáscaras. Las vendían al irrisorio precio de 30 céntimos de euro el vaso de nueces peladas.
La presencia musulmana era anecdótica, pero haber había.
Un poco de yuca frita, las hojas de la planta salteadas, y media docena de sardinas frescas fritas. En un txiringuito frente al mar por 8.000 rupias, medio euro. De la colección, "placeres de la vida".
Nos ha llamado mucho la atención cómo en la televisión había más de un canal dedicado a mostrar las cámaras en vivo de La Meca. Apasionante.
A pesar de que pasamos al comienzo del viaje por Tours no recordamos mucha presencia del santo San Martín de Tours, que curiosamente es patrono en países como Francia, Hungría, ciudades como Orense, Utrecht, Buenos Aires, y muy adorado también por aquí por Flores. Yo solo lo conocía por aquello de que a todo cerdo le llega su San Martín, ja, ja.
Puentes colgantes para acceder a pequeñas aldeas entre las montañas de Flores.
Amaneciedno sobre los lagos del volcán Kelimutu.
Valió la pena madrugar.
Esta mujer nos vendió en el mercado de Moni media docena de frutas de la pasión por 5.000 rupias, 0,30 euros. Teóricamente hay que pelear un poco el precio para que ambas partes se queden contentas con la transacción, pero la mitad de las veces cuando arrancan con precios como esos se nos olvida. ¿Cuánto le vas a pelear? Lo atractivo de estos mercados es que a ellos llegan muchos grupos étnicos de la montaña. Hasta entonces no había visto gente de ojos claros.
Vida en la playa de Koka.
En la isla de Koka todos los días cenábamos en el único restaurante abierto. El otro solo lo estaba al mediodía. La tercera hija de la pareja que lo regentaba se llamaba Rocío, por una viajera de Salamanca que cuidó del local mientras la pareja viajaba a la ciudad por complicaciones en el parto.
Vendiendo pescadito en las vacaciones escolares.
La salsa omnipresente en Indonesia es el sambal, que lleva lo que veis: unos chiles, ajito, tomate, aceite de coco, vuelta y vuelta y a la trituradora.
Durante Semana Santa coincidimos con mujeres con sus ikats - sarones que ellas mismas tejen- camino de las representaciones y procesiones.
El pelo de Flores. Muy diferentes de los pelos lisos de Sulawesi.
A Marta y Koko podéis seguirles en lavidaenunaalforja.blogspot.com. Salieron en el 2015 y supimos de ellos en el 2016 a través de una chica de Segovia que conocimos en el reino de Sikim y les contactamos. Y cuando parecía que no íbamos a encontrarnos... ¡bingo! Qué gusto da poner caras a los cicloviajeros de la tierra.
En Indonesia apenas vemos que se venda o se lea prensa. En alguna recepción de hotel o de oficina y listo. En Semana Santa las empresas ocupaban espacios en las sábanas de los periódicos (al estilo británico) deseando felices pascuas a los lectores.
¿Y qué haces cuando te has dado el madrugón para coger un ferry de salida de Flores que se retrasa dos horas? Pues una sesión de fotos entre contenedores con la luz del amanecer.
Algunos subieron antes que nosotros. Los niños jugaban a recorrer las sogas con las que amarraban el ferry y subirse al mismo.
Kalimantan y Sulawesi fueron islamista, Flores católica, y nos espera Timor con su protestantismo.
Y así quedaron los 546kms que recorrimos en Flores del este al oeste.

6 comentarios :

  1. ¡Buenas fotos! Estoy feliz de ver que no parece haber cambiado tanto. Hace poco estuve leyendo en The Guardian sobre lo que le pasó a Lombok ...

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    1. A veces estas islas parece que no han cambiado desde hace siglos...

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  2. Pobrecita Flores, tan solita en su catolicismo. El islam lo va invadiendo todo. A lo mejor lo de la tele no es tan mala idea...Voy a proponérselo a Patxi I: todo el día la plaza de San Pedro por la tele 😄
    Y hablando de todo un poco,Me choca que los holandeses no le cambiaran el nombre a la isla.
    La isla de Padar y los lagos volcánicos una maravilla.
    Ah, y de San Martín... debes ser tú Bego, la que lo dices, porque a ti,Hugo, del colegio algo más te sonará, no? 🎶Sankt Martín sankt Martín. .🎶🎶🎵 Muxuuu

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    1. Da un ppco de yuyu ver a tanta gente dando vueltas alredoalr de una piedra, por muy santa que sea (o tal.vez por ello mismo). Me rexierre un poco a ña peli peli del Expreso de Medianoche.

      Flores se llamó Tulipan durante la ocupación holandesa.

      La txapa que le he metido a la pobre Bego con la canción de Sankt Martin y la capa de marras. En el colegio algunas cosas nos las metían en el cerebelo, eh? Total, solo han pasado casi 50 años...

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  3. Hola viajeros!!!!.
    2 notas.
    Hablando de San Martin de Tours, también presente en Giputxilandia: Parroquia de Urretxu!!! En fin, dato poco interesante.

    Veo tras vuestros comentarios de Flores, que ya estáis en Darwin.
    De las "rusticas" Bana, Gurusina, un ferry ...... y ....... Darwin, Australlia.
    Es radical el cambio? Es ya Darwin 1er mundo australiano, o aún hay transición y Darwin es todavía un "2º mundo"? Qué choque, no???, en un brazo de mar??!!
    Sabeis ya por qué ese cambio, en eso, en la distancia de un brazo de mar????
    Ya tenéis para escribirme un rato, pareja!!!

    Fuerte abrazo!!!!
    No por mucho acostumbrase a ver poco a poco en casi 4 años curvarse y alargarse las lineas sobre el mapa del viaje, deja de impresionar!!!
    Cuidaos!!!

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    1. Qué onda, mate! Desgraciadamente no fue un ferry sino un avión el que nos transportó a Darwin. Porque ferry no hay. Sea como sea, el salto es importante y aunque Darwin esté en el trópico y sea muy diferente a otras ciudades australianas mas sureñas como Sidney o Melbourne, el contraste con Indonesia y Timor Leste es patente. El orden, la limpieza, las infraestructuras, la oferta comercial (¡qué supermercados!)... y, por supuesto, la gente. Pero tendras que esperar a que publiquemos el blog de Australia, que si no esto sería un spoiler en toda regla... 😀
      Y sí, la línea sigue creciendo...
      Abrazo!

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