24 de octubre de 2017

Solo por el soleado, simpático y sabroso sur de Siam

Bego se metió en el taxi camino del aeropuerto, al avión que la llevaría a Donosti durante algo más de tres semanas, y me quedé solo, una extraña sensación tras la convivencia 24/7 de los últimos tiempos. Bueno, habrá que pedalear, me dije.

Para salir de Bangkok todo el tráfico del mundo mundial parecía encontrarse en mi calle. Con ruido, el viento en contra y mucho, muchísimo calor, por lo menos la carretera era buena y llana. Concentrarse y no sentir, que diría Mafalda ante un plato de sopa.

En cuanto pude, abandoné la carretera principal y todo cambió inmediatamente, a los pocos metros: tráfico escaso, relativo silencio, paisaje rural, más contacto con la gente, gente más relajada y sonriente. Llama la atención ver tan cerca de una megaurbe como Bangkok un paisaje tan bucólico con, además de los sospechosos habituales (bananos, cocoteros, mangos, papayas, etc.), un buen número de salinas, bandadas de aves parecidas a cigüeñas y, como en Vietnam, una mezcla de criaderos de marisco y edificios para la recolecta de nidos de pájaro con los altavoces a todo trapo con el priii, piu, piu, priiii de las aves.

Pedaleando por la costa
Tras una noche en la poco turística pero atractiva Petchaburi llegué a Hua Hin, ciudad que irónicamente sería lo contrario: poco atractiva y, sin embargo, muy turística. Quiero pensar que me dejé algo por ver que lo explique. En la zona de los resorts tipo Sheraton, Marriott o similar (paraíso artificial del que uno no tiene por qué salir durante todas las vacaciones si no quiere) será otra cosa, pero en donde yo me alojé, era un nido de vejetes británicos bebedores de cerveza con piel color marisco cocido, arrejuntados a jovenzuelas tailandesas a las que por lo menos doblaban en edad, todo ello a ritmo de música de los 70 y 80. A la décima vez de escuchar "Hotel California" saliendo de uno de sus múltiples sports bars uno valora seriamente la opción del suicidio..., pero cuando lo que sigue es "La Macarena" y ves a los británicos "contonearse" (¡jua!) sin ritmo ni vergüenza gracias a la generosa ingesta de alcohol, uno contempla aún más seriamente dedicarse en cuerpo y alma a la sagrada yihad y terminar con esta decadente degeneración cultural. Mientras tanto, por la calle, sugerentes damiselas te ofrecen masaje, o lo que sea que te den, a todas horas, aunque sean las 8 de la mañana. Cuando menos los muchos sastres indios no dan la brasa. Ah, y la playa en esa parte de la ciudad, no valía nada. Total, un horror de lugar. Lo curioso es que no puedo decir que si no me gustó lo que vi fuera porque me esté haciendo mayor, pues yo era el benjamín entre todos los extranjeros...

Así que abandoné el Sodoma y Gomorra de la tercera edad y me recluí en un pequeño hotel junto al mar en la bahía de los delfines (los delfines visitan esta bahía en invierno), unos 50 km más al sur. Uno no se podía bañar en el mar porque hay no sé qué peces venenosos o medusas (no conseguí confirmarlo), pero el hotel en cuestión tenía piscina... Paz y relax. Coincidí además con una pareja ciclista de largo recorrido, él noruego y ella bilbaina, que le dieron conversación a la estancia.

Playas de pescadores tranquilas de la costa este de Tailandia
Cuando uno viaja solo es más fácil que surjan las conversaciones con extraños, que aportan luz sobre algunas de las razones para que haya tanto extranjero radicado en este país. Frederick es un suave y taciturno sueco de unos 55-60 años, que vive en Tailandia desde hace ocho años en buena medida porque los masajes y la acupresión tienen efectos terapéuticos sobre sus (secretas) dolencias. Hans es un sonriente y abierto alemán de 65, vive en Tailandia desde hace diez años porque su pensión de 2.000€/mes netos le permite vivir como un rey en este maravilloso país a él y a su mujer tailandesa de 36, en una estupenda casa de dos pisos (que le costó 45.000€, como un aparcamiento en Alemania, bromea) y con una negra, bruñida y potente Harley Davidson, con la que se va a dar vueltas en camiseta en cualquier época del año y que le hace sentirse joven y vivo. Promete nunca volver a vivir a Alemania y, con lo que cuenta, no me extraña. Eric es un arquitecto americano de 71 años bien llevados al que le gusta Asia, disfruta del buen tiempo y de que sus ahorros le dan mucho más juego en Tailandia que en los EEUU, así que no solo vive sino que también vacacionea en este país. Aunque Jim es tailandés, vivió bastantes años en Nueva Zelanda y Canadá; hace poco, a los cincuenta y tantos, decidió volver a Tailandia en busca de respuestas budistas a sus preguntas sobre la vida. Parece que las encontró y ahora predica "sonreir siempre y perdonar, pase lo que pase". Con tanta sonrisa y con el pedazo desayuno que se estaba pegando (un plato de verduras, otro de gambas, una tortilla de tres huevos y un plato de arroz), pronto se va a parecer al buda feliz.

Templos del camino
Las carreteras de esta región son el sueño de cualquier cicloviajero, sobre todo si está en fase perezosa: poco o nulo tráfico, excelente asfalto con un arcén ancho y limpio, sin cuestas dignas de mención, rodeado de árboles tan frondosos que en ocasiones casi forman túneles, o bordeando un mar transparente con unas cuantas islas paradisiacas en el horizonte y cada no muchos kilómetros un pueblo con tiendas y restaurantes, amén de relucientes templos o enormes budas de bonachona actitud. Lo único objetable sería el potente calor y el viento en contra, pero bueno, todo paraíso tiene su serpiente, ¿no?

Tanto es así que avanzaba hacia el sur muy lentamente y, sin proponérmelo, siempre terminaba pasando una noche de más en los pueblos costeros en los que iba parando. El ambiente de tranquilidad y de paz que se respira en estos lugares fuera de temporada es contagioso. Las playas vacías, los lugareños relajados y abiertos a la cháchara, los precios asequibles. Tal vez por todo ello iba retrasando mi llegada a Koh Tao, isla que imaginaba llena de turistas.

Y más costa este de Tailandia
En este silencio rural destaca un par de veces al día el himno nacional por la tele, a las 8 y 18 horas, seguido, no sé si en todos los casos, por una interminable arenga sobre las habilidades del fallecido rey y los valores y logros nacionales (no es que de repente me haya iluminado el Espíritu Santo y ahora entienda tailandés; la arenga aparece con subtítulos en inglés) proclamado con bastante poca gracia por el primer ministro vestido de militar... que es lo que es, un militar golpista, de esos cuyos cuarteles exhiben su máxima: "Our country, religions, monarchy and people". Sin comentarios. Absolutamente todos los canales de televisión se conectan al magno evento. La mayoría de la gente, menos mal, parece que no hace caso. Entre eso, los innumerables canales religiosos, los de música tradicional, los de peleas de gallos y de toros, los de la policía, los de los militares,..., la televisión es una joya.

El paraíso no existe. Primero las sandflies, y luego? Algún coral
Algunas playas de esta tranquila costa no estaban tan vacías como pensaba: están llenas de sandflies o flebótomos, simpáticos bichitos que te pican sin que te des cuenta o sin que les des demasiada importancia. Desgraciadamente a las horas aquello empieza a quemar, incendio que dura hasta siete días. Y cuando tienes 103 picotazos solo en las piernas, aquello se parece a "el coloso en llamas". Los maorís de Nueva Zelanda cuentan que la diosa Hine-nui--te-pō creó las sandflies para azuzar a la población y que currara, extasiada como estaba ante la belleza del lugar en el que vivían. La costa de Tailandia también es muy bonita...

Por fin, en el puerto de Chumphon abordé el ferry hacia Koh Tao, la isla de las tortugas. El que al comprar el ticket para el ferry te den una pegatina para colocártela en la camiseta no augura nada bueno. ¿Tantos vamos?

El ferry a Koh Tao
Efectivamente, Koh Tao está llena de turistas. Para colmo, el 15% de esos turistas es español, algo que produce una sensación rara, como si los turistas de otros países y que hablan otros idiomas fueran menos turistas que los ibéricos. En cualquier caso, con tanto peninsular no es extraño que acabara buceando con un tipo de Bilbao (un marinero profesional que se tomó una biodramina por la mala mar que había... los de Bilbao ya no son lo que eran) y con un instructor de Andoain, en una escuela de buceo 100% hispano-parlante (que no es la única).

Tras una semana en modo encefalograma plano abandoné Koh Tao y, de vuelta al continente, el pedaleo en dirección sur me llevó nuevamente junto a playas vacías. Poco a poco fueron apareciendo las mezquitas y las mujeres con pañuelo en la cabeza. Prácticamente fuera de las zonas para turistas occidentales, las playas ya no estaban para bañarse y tomar el sol sino para sentarse frente a ellas en un chiringuito y ponerse hasta las cachas de pescado y, los menos píos, que también los hay, de alcohol. En un arranque de energía y vitalidad, los más activos se dan... a la pesca, cómodamente sentados en la playa, no se vayan a cansar. En general son pueblos y ciudades en los que ven muy pocos extranjeros, lo cual les da un atractivo especial.

Playitas de Koh Tao
Por estos lares el nivel de inglés es menor, lo que a veces guarda aspectos positivos. Si a la petición más marciana, extravagante o directamente caradura le pones un "is it ok?" final con cara de no haber roto un plato en tu vida, lo más probable es que aquel que te tiene que dar permiso, si no ha entendido más de un diez por ciento de lo preguntado, te lo otorgue con un magnánimo "it's ok",como si fuera la reina de Inglaterra. Especialmente si está rodeado de colegas que han entendido aún menos y ante los que no puede perder cara.

Su venganza ocurre cuando les preguntas algo, por ejemplo la distancia a algún punto. Sabiendo únicamente decir "un kilometro" en inglés aunque el destino esté solamente a 50 metros, uno pedalea el kilómetro, pregunta, vuelve a preguntar, vuelve,...

Bichitos varios, asados o fritos y especiados
En estos pueblos y ciudades sureños los mercados diurnos son grandes espacios cubiertos, muy oscuros hasta que acostumbras la vista al contraste, llenos de intensos, penetratntes y desconocidos olores surgidos de esos exóticos ingredientes y esas carnes y pescados lamentablemente presentados a ojos occidentales. Los mercados nocturnos, que abundan por esta zona, viene a ser lo mismo, pero en una fase alimentaria más desarrollada; en ellos ya no se venden ingredientes,  sino comidas preparadas, la mayoría muy, muy, pero que muy picantes aunque te aseguren lo contrario. Los contenedores en los que se muestran serán de teflon, grafeno o algún material especial que resista ese nivel de picante. Para un servidor lo peor de los mercados nocturnos es que están llenos de toldos y sombrillas, colocadas con la estatura de los lugareños en mente. Estas gentes tendrán muchas bondades, pero no se distinguen precisamente por su gran estatura, lo que me obliga a andar doblado por la cintura en 120° para regocijo e hilaridad del personal, sobre todo cuando por un error de cálculo uno se lleva una estructura por delante.

Una zona playera, con sus tiendas y chiringuitos, fuera de temporada es un gustazo cuando hace buen tiempo, pero es deprimente cuando éste no acompaña. Eso le pasó a Pak Meng, una estupenda playa rodeada de magníficas montañas e islas kársticas en plan Krabi, pero vacía por estar lloviendo.

La entrada del hotel
Es lo que tiene la temporada de lluvias. Llueve. Un buen día en un momento se abrió el cielo y cayó una enoooooorme cantidad de agua, tanta que, a pesar de que estas tierras están acostumbradas a los potentes chaparrones tropicales, todo se inundó. Hasta por el hotel corría el agua y tuve que subir la bici al segundo piso para que no se la llevara la corriente.

También Bego cayó del cielo suavemente en el aeropuerto de Bangkok, desde donde se pilló un tren a Kampang, un pueblo al sur de Tailandia. Ahí la esperaba yo en una estación de tren recién sacada de una novela victoriana y descansamos un día de las tropocientas horas de transportes varios, aderezados con cambios horarios. Además de la inenarrable alegría por volver a verla, lo cierto es que que viniera cargada de chacinas, quesos y viandas varias hicieron del reencuentro una ocasión, ejem, muy especial.

Al día siguiente seguimos en dirección sur, hacia la frontera con Malasia, en parte por estrechas carreteras locales bordeadas por miles y miles de ordenados árboles del caucho y otras tantas frondosas palmeras de aceite de palma. A pesar de tanta explotación, vimos algunos monos, muchas serpientes y algún que otro enorme lagarto monitor. Una gozada.

Y así llegamos a Malasia, desde donde os escribimos. Ya os lo contaremos.

Un abrazo
A los pocos kilómetros de dejar Bangkok y alcanzar la costa
Mar, arena blanca, línea de palmeras y carretera tranquila


Más playitas de Koh Tao

Paisajes de Koh Tao

Vuelta a pedalear por la costa este tras la visita a Koh Tao

Las tormentas en temporada de lluvias son menos frecuentes en la costa este, pero haberlas haylas

Y de repente en la costa oeste luce el sol

Este cartel nos recuerda al devastador tsunami del 2004 que tanto afectó a Tailandia donde dejó miles de muertos.

Barquitos para cruzar estuarios en la costa oeste

Bueno, eso de que descansamos un día cuando yo llegué.... El tren llegó a mediodía y sí, efectivamente ese día dormimos en el pueblo al que llegó. Doce horas seguidas a sumar a las 12 horas que dormí en la litera del tren. Me dejó frita Donosti, jaja!

No todas las que vemos están muertas, y la verdad es que impresionan!

Bosques de árboles productores de caucho

Echaremos de menos estos asfaltos de incluso las carreteras secundarias.

Pequeñas fronteras donde el paso a extranjeros está permitido. Llegamos en el último día del visado de Hugo, por los pelos una vez más!

7 comentarios :

  1. Holaaa. Qué gusto leeros de nuevo :) La verdad es que la anterior a esta tampoco la había visto, jeje.
    Y qué gusto también poder decir por una vez ¡yo estuve ahí! Recuerdo los olores, la sonrisa unos amabilidad de la gente, el super hotel Shangri la (vaya lujo), los mercados.. . Y el calor, buf, todo el día sudando.
    En fin, algún día tengo que volver.
    Se os ve fenomenal. A ver qué contáis de Malasia. Muchos muxus

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Claro, váis al Shangri-La y después no os queda dinero para hacer más viajes. ¡Derrochadores!

      Eliminar
  2. Creía que Bego era la pupas de la pareja. Si pensábamos en un futuro engancharnos unas semanas con vosotros, ya me lo estoy pensando, el gafe se pega. Que maravillosas esas sandflies.
    Saludos desde Murcia city

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No hay mal que cien años dure, ya hemos cubierto el cupo de gafadas. Y tú, prepárate, que en Senegal por cada mosquito trompetero que te pique te vas a tener que hacer una transfusión de sangre...

      Eliminar
  3. "nido de vejetes británicos.." haha :-) gran lectura, gracias!

    ResponderEliminar