5 de febrero de 2017

Filipinas: pedaleando de isla en isla

En Cebú, la segunda ciudad de Filipinas y nuestra entrada en el país, coincidimos nuevamente con Rubén y Merce, ellos ya de grand finale de su largo viaje ciclista por Eurasia, a punto de volverse a España vía Hong Kong. Seguro que nos volveremos a ver pedaleando por algún lugar del mundo.

En esta poblada y caótica ciudad turisteamos un poco, mandamos a arreglar la cámara de fotos rota ya hace unas cuantas semanas y visité al dentista para rehacer una muela rota. (Una cuña publicitaria de interés para nuestros estimados lectores: ese dentista te puede hacer una corona enteramente de porcelana con tecnología cad/cam alemana bastante impresionante en solo 10 minutos por 600€. A nada que tengas varias que ponerte, con lo que te ahorras te puedes pagar las vacaciones en Filipinas. Si alguien quiere sus datos...).

La salida de la ciudad de Cebú fue el típico horror de urbe tercermundista: mogollón de tráfico (aunque, siendo justos, razonablemente respetuoso con nosotros), humo, polvo, calor abochornante. Se me olvidaba comentar que nada menos que 16,5 Kg de material de acampada y ropa de invierno que no íbamos a usar durante los próximos meses en el Sudeste asiático fueron enviados por correo desde Tokio a un amigo a Bangkok. Amigo que espero que lo siga siendo cuando lo reciba. Así que ahora pedaleamos Bego con dos alforjas y yo con tres. Un gusto.

Primeras vistas del Pacífico y su bankas

Poco a poco el tráfico se fue reduciendo y a nuestra derecha apareció el Pacífico. La vida rural tropical, con sus luces y sombras, se desplegó por completo ante nosotros (estoy hecho un poeta). Las playas y palmeras; la exuberante vegetación; las normalmente cochambrosas casuchas y chozas sazonadas con alguna que otra llamativa casona; los animales por todas partes, entre ellos los moribundos canes comidos por la sarna; los sufridos currelas de la caña de azúcar y el arroz y el -cuando menos aparente- dolce far niente de mucha gente; la basura por todas partes, el nulo urbanismo (¿urbaqué?), etc. Los adultos a veces nos saludan sonrientes, los niños tienen curiosidad y se acercan, pero ni unos ni otros llegan a los niveles de otras zonas por las que hemos pedaleado, léase India o Irán, donde prácticamente no tienes privacidad. Buen rollo.

Playas desiertas al norte de la isla de Malapascua. De lujo.
A la isla de Malapascua la bautizaron así porque a los primeros españoles que la visitaron el mal tiempo les impidió volver a tierra firme durante unos días y tuvieron que pasar en ella la Navidad. Con la típica imagen de paraíso tropical con palmeras junto a arenas blancas y mares de aguas cristalinas yo la hubiera bautizado buenapascua o alguna otra palabra más castiza como cojopascua o superpascua. Y a los colonizadores, como mínimo, cretinos y desagradecidos.

En lugares como Malapascua el viaje pierde todo vestigio de la aventura que pudiera tener y uno se siente impepinablemente de vacaciones. Y la sensación de estar no ya de vacaciones sino de vacaciones en el sudeste asiático la tienes... cuando te comes el primer panqueque de plátano con un zumo de mango. Mmmmh. Por cierto, los deliciosos mangos, a pesar de no ser temporada, son una de las maravillas de Filipinas. Un monumento habría que ponerles.

Nos costó arrancar pero acabamos haciendo unas cuantas buenas buceadas
Esta isla es famosa entre los buceadores por los tiburones zorro… que no vimos. Hicimos una inmersión de refresco, para recordar cómo era aquello del buceo tras más de tres años sin meter la cabeza bajo el agua. Al día siguiente un diluvio nos hizo cancelar un par de inmersiones… y la modorra que te transmiten las arenas blancas nos hizo cancelar las posteriores y nos dedicamos a remolonear en sus playas, que no es baladí.

De Malapascua nos pillamos un par de ferrys hasta San Isidro, en la vecina isla de Leyte, desde donde pedaleamos varios días hasta Padre Burgos, en el sur de la isla, otro lugar de buceo espectacular, lleno de -perdonad mis palabras científicas- corales, tortugas y pececitos de colores. De camino pedaleamos por un sube y baja de buenas carreteras de hormigón (en Filipinas hemos visto muy buenas carreteras frente a otros países de la zona), por tramos cuasi vacías, ribeteadas de campos de arroz y de caña de azúcar, bananos, cocoteros, papayas, mangos y quién sabe qué otra vegetación tropical. Los embarrados búfalos y los blancos cebús ni nos miraban, serán antipáticos. Cruzamos alguna ciudad, no precisamente un dechado de paz y tranquilidad, esto es, seguramente igual a cualquier otra ciudad filipina.

La bahía de Sogod por donde buscamos los tiki tiki sin resultado... :(
En el sur de Leyte y en el norte de Mindanao sufrimos las lluvias y vientos tropicales. Por suerte generalmente se las ve venir y, como este país está tan poblado, casi siempre te da tiempo a resguardarte antes de que caiga el diluvio. Cuando no, el chaparrón te ahoga inmisericorde.

Los más famosos habitantes de Pinduyan, los tiburones ballena -llamados cariñosamente tiki tiki por los lugareños, no se me ocurre un nombre menos apropiado para unas bestias pardas de hasta 12m de largo y dos toneladas-, se negaron a dejarse ver. De todas formas, el camino hasta ahí mereció la pena y como ya los habíamos visto en el pasado en Mozambique… El que no se consuela es porque no quiere.

Otro ferry nos trasladó a la isla de Mindanao, tristemente conocida por las actividades de guerrilleros como el Frente Moro de Liberación Islámica y las de los bandidos de Abu Sayyaf, el primero más o menos inactivo desde la firma de paz en 2014 y las conversaciones con el Gobierno para conseguir, si no la independencia, sí una buena autonomía, pero el segundo todavía secuestrando gente en algunas zonas del sur, sobre todo en Sulu y Basilan, zonas que no pisamos. Desde luego, esta mala fama ha hecho que muy pocos turistas, si exceptuamos lugares alejados del "follón" como Siargao o Camiguín, vengan por aquí. La gente te lo demuestra continuamente con saludos (Hey, Joe!, Hi, man! Etc.) y mucha curiosidad y buen rollo en las calles y mercados.

En vez de foto de las cutre-casas, os pongo una igual de simple pero cuca ;)
Lo poco que vimos de Mindanao en una observación puramente anecdótica y sin base científica, nos dió la sensación de que ésta es más pobre que las anteriores islas. Pocas de las viviendas que vimos eran algo más que cuatro maderas mal puestas, con una techumbre de metal corrugado que debe de resonar como una batería cuando llueva. Cuando llueve mucho, pero que mucho, mucho, -esto es, todos los malditos días que uno pedalea por sus carreteras- las chozas se inundan. Si llueve todavía más -frecuentemente-, como las cabañas están construidas en las bien señaladas zonas de corrimientos de tierras seguro que más de una se “desplaza”. Uno se hace muchas preguntas, generalmente sin respuesta, mientras pedalea...

Si en algo es rica esta isla es en fruta y, por ejemplo, las piñas y mangos que comimos son absolutamente espectaculares. Me repito, pero lo de los mangos de este país es algo fuera de este mundo. Además, se ven cocoteros a patadas; no en vano Filipinas es el primer productor mundial.

Cocos y turones (rollitos de primavera de plátano), entre nuestros favoritos
Lo que les falta en encantos turísticos a las ciudades de la zona (Surigao, Butuan, Gingoog), lo compensan sobradamente en ambiente callejero, con concurridos mercados, restaurantes repletos y atronadora música cada vez que hay una inauguración de algún comercio…, o seguramente cualquier otra excusa.

Pasamos Nochebuena, Navidad y alguna noche más en la muy volcánica isla de Camiguín, de la que la guía dice que, con la mayor concentración de volcanes por metro cuadrado del mundo, no desmerecería junto a las famosas Hawaii o Maui. Sea cierta o no esta densidad volcánica, lo cierto es que es una preciosidad y está llena de posibilidades, a pesar de lo cual el turismo masivo no ha llegado a ella. Genial. En esta isla tuvimos la gran suerte de conocer a un estupendo grupo de residentes -Andrés, Marika, Fermín, Laura-, grandes conocedores de la isla, sus habitantes y su cultura (Andrés, sin ir más lejos, es un antropólogo que ha escrito "La comedia de la cooperación internacional", historias etnográficas del desarrollo en la isla de Camiguin), con los que aprendimos mucho y, a pesar de los patentes intentos de Fermín por terminar con nuestras vidas ("si habéis llegado hasta aquí en bici es porque sois aventureros, ¿no?"), nos lo pasamos mejor, fuera caminando por la selva, buceando entre corales, visitando ruinas hispanas o simplemente conversando alrededor de una mesa con unas cuantas cervezas y un delicioso jamón de jabugo que tardaremos en olvidar.

Con Andrés y Marika en las ruinas de una torre de vigilancia española
Hablando de cervezas, todos sabemos que la cerveza filipina por antonomasia es la San Miguel, pero no siempre tenemos claro dónde nace esa marca, si en España o en Filipinas. La Wikipedia nos dice lo siguiente:

En 1890 Enrique María Barretto de Ycaza inauguró en el barrio de San Miguel de Manila, en ese momento capital colonial española de las islas Filipinas, la Fábrica de Cerveza de San Miguel. Esta fábrica absorbe la producción de un pequeño convento de frailes agustinos recoletos que habían empezado a producir cerveza en 1885 en el citado barrio. Poco a poco comenzó su exportación a otras zonas del Sudeste Asiático. En febrero de 1946 se constituyó en Cervera [España] la sociedad La Segarra S.A con la finalidad de fabricar cerveza, aunque los trámites burocráticos hicieron que su puesta en marcha no tuviese lugar hasta 1953. En 1957 se firmó el Acuerdo de Manila con el presidente de San Miguel Corporation, Andrés Soriano, naciendo así la compañía"San Miguel, Fábricas de Cerveza y Malta, S.A.", independiente de la matriz filipina. Desde entonces ambas empresas han seguido caminos diferentes. Asunto clarificado.

El tarsero filipino, de unos 15cms
El otro tema que todavía no he podido aclarar y que por su capital importancia me impide dormir por las noches es el origen del nombre "Filipinos" para esas conocidas galletas redondas de chocolate con un agujero en medio. Si alguien puede aportar luz...

Con menos de tres horas de sueño en nuestros cuerpos serranos otro ferry nos llevó a Bohol. La falta de sueño y una potente cuesta por delante hacia el montañoso interior de la isla nos ayudaron a decidirnos a pasar la noche en el puerto de llegada, Jagna, y acumular fuerzas para el día siguiente.

La isla de Bohol es especialmente conocida por las colinas de chocolate y por los primates tarseros o tarsos, aunque es sobre todo visitada por sus playas (realmente en la isla de Panglao, pero es como si fuera Bohol) y su buceo.

Las cientos de colinas de chocolate no tenían, desgraciadamente, chocolate en sus cumbres. Se llaman así porque en la época seca sus cimas se ponen de color marrón al secarse su vegetación. Nosotros las vimos más bien de verde pistacho. Los tarseros son los menores primates del mundo -caben en la palma de la mano- y los más antiguos, tienen una cabeza que pueden girar casi 360° y unos ojos enooormes. No son especialmente bonitos -recuerdan un poco a Smigol de El señor de los anillos- y cuando los ves durante el día no están activos, así que no sé a qué viene tanta expectación, pero bueno.

Las colinas de chocolate de Bohol
En el siguiente ferry que, tras atrasos y mala mar, nos dejaría finalmente en Siquijor, tuvimos la suerte de conocer a Dani y Berta. Estos viajeros españoles de luna de miel, además de estupenda conversación, nos regalaron la felicidad en forma de una bolsa llena de deliciosos embutidos españoles; estarán para siempre en nuestros altares.

Siquijor es una pequeña isla con fama de misteriosa (tenebrosa para algunos), por su magia, sus chamanes y sus curanderos, que recogen sus hierbas de los bosques -bosques encantados, claro- de la isla. Lo importante para nosotros es que Siquijor es también el lugar de residencia temporal de Paco Santamaría (la permanente es Zamboanga), un histórico cicloviajero cántabro que, tras unos catorce años dando tumbos por todo el mundo, recaló en este país…, y aquí sigue con su mujer, Made, y su hija, Chini, todavía pensando en viajes y en bicis. Como os podéis imaginar, tiene un millón de historias que contar de los tiempos gloriosos del cicloturismo, cuando se viajaba sin dinero, sin medios… y un poco sin cabeza a lugares no del todo kosher en lo que a seguridad se refiere.

Y cuando dice motito, realmente era motito
Además de visitarlos, confesamos que un día nos alquilamos una motito para dar la vuelta a la isla. Pedimos profusamente disculpas a la comunidad cicloviajera por tamaña afrenta (pero no estuvo nada mal).

El siguiente ferry nos llevó a Negros, en concreto a Dumaguete, desde donde fuimos a la isla de Apo a bucear entre tortugas, corales de mil colores y columnas de burbujas que emergen del volcánico fondo marino. En la superficie, un sol espléndido. En esas fechas, las mínimas en Gipuzkoa eran de -8° (jajaja).

Otro ferry (y van no sé cuantos) nos devolvió a la isla de Cebú. En esta ocasión, tras recalar en Santander y San Sebastián (brevemente, pues no tenían pintxos), recorrimos su costa suroeste para, en Moalboal, bucear entre millones de sardinas. Hay un banco de ellas permanentemente situado a literalmente un metro de distancia del alojamiento que, por puro azar, elegimos. Dado que los restaurantes no ofrecen sardinas en sus menús es una pena que el buceo fuera en agua y no en aceite de oliva para ir zampando mientras buceábamos. No queda constancia gráfica de nuestra azaña submarina puesto que la cámara de repuesto, supuestamente sumergible, había fallecido, ejem, buceando en Camiguín. Y como la cámara principal tardaron un mes en repararla, muchas de las fotos que veis en las dos entradas de Filipinas están sacadas con el móvil, calidad fotográfica solo salvada por la pericia y el arte de Bego.

Perdimos la cuenta del número de barquitos, bankas y ferris que cogimos
Una depresión tropical tirando a tifón en fase “ira de los dioses” cayó sobre nosotros -bueno, y por aquello de no ser egocéntrico, también sobre media Filipinas- al salir de Moalboal. Poco o nulo viento, pero probablemente no nos haya llovido tanto encima nunca, era más bien una ducha continua, menos mal que teníamos máscara y tubo de bucear. Las carreteras y campos inundados daban fe de ello y tuvimos que hacer noche a mitad de camino para evitar males mayores.

Desde Toledo, Cebú, cogimos otro ferry a San Carlos, nuevamente en la isla de Negros. (Qué gusto el nombre de los lugares, ¿eh?) En San Carlos nos vimos obligados a tomarnos un día de descanso por aquello de la lluvia. Cuando por fin pudimos salir, cruzamos la isla por su a fe mía muy montañosa parte central, con potentes cuestas profusamente salpimentadas por mi parte de juramentos y mentadas de madre. Su vertiente occidental está literalmente cubierta de caña de azúcar.

Visitando casas coloniales en Silay
Desde su poco atractiva capital, Bacolod, fuimos a Silay, heredera de la historia azucarera colonial y del dinero que trajo a esta parte del país, y cuajada de imponentes casonas, llenas de nombres y vestigios españoles. El azúcar era la segunda exportación agrícola de Filipinas durante la época de Marcos pero en los 70 empezó a declinar -según algunos, ello fue debido a la reforma agraria, que dejó las tierras en manos de gente sin capacidad de inversión; otros lo achacan a la caída de los precios del azúcar; y otros a las políticas de los Marcos- hasta el punto de que en 1987 el país tuvo que importar azúcar. Claro, que con los tan azucarados bollos a 0,1€ la unidad que se venden en las abundantes pastelerías, normal. Ya se pueden preparar para un salto en las importaciones tras nuestro paso por aquí.

Desde Bacolod, todavía con demasiadas lluvias para nuestro gusto, intentamos que otro barco nos llevara a una ciudad con un nombre precioso y última capital filipina de España, Iloilo, en la isla de Panay. Digo "intentamos", porque me colé al comprar el billete del ferry y éste nos depositó graciosamente en la misma isla de Panay, sí, pero en un punto a 25km de Iloilo. Es lo que pasa cuando uno no tiene experiencia en esto de los viajes. Con la que estaba cayendo, decidimos que Iloilo, mucho nombre y mucha vaina, pero, ¿a quién le había empatado? ¿Qué interés histórico-artístico tenía? ¿Qué se nos había perdido ahí? Mucho mejor Dumangas, por supuesto, donde acabamos pasando la noche y nos enrollamos con el dueño de la pastelería más antigua del lugar. Cómo no.

Anocheceres en la White Beach de Boracay
Recorrimos la parte este de la isla hasta Caticlán, en donde tomamos otro ferry para la archifamosa isla de Boracay y su principal playa, White Beach. Votada en numerosas ocasiones entre las mejores playas del mundo mundial es un imán para el turismo eminentemente asiático y para los expatriados de la zona, un lugar decadentemente hedonista y un agujero en el bolsillo de cualquier cicloviajero. Pero qué se le va a hacer.

La sensación inicial fue espantosa, con miles y miles de turistas en sus playas, hoteles, tiendas, el mismo encanto de, no sé, Benidorm en pleno agosto (no conozco Benidorm, pero es lo que algunos dicen). Más adelante encuentras algunos rincones más tranquilos, algunas vistas más idílicas, pero desde luego nada que ver con el Boracay de hace casi 30 años, cuando la mayoría de los “hoteles” (humildes cabañas en la playa con enormes cucarachas voladoras) no tenían ni electricidad.

Con Óscar, Meri, y el jamoncito
Además de sol y playa, nos dedicamos al frustrante ejercicio del kitesurf, pasando infinitamente más tiempo en el agua -y tragándola- que sobre la tabla (¿nanosegundos?). Habrá que perseverar. En Boracay coincidimos con los leridanos Óscar, a quien ya habíamos conocido en Siquijor, y su pareja Meri. Por cierto, también nos invitaron a jamón :-). Hemos comido más jamón en unos días que en dos años.

Dos ferries -donde conocimos a los giputxis Agustín y Jon, nos transportaron suavemente a la isla de Mindoro, llena de bananos y preciosos arrozales, en este momento de un verde al mismo tiempo intenso y suave. Pedaleamos rumbo norte hasta Puerto Galera o, más concretamente, Sabang, nuestro último destino playero, en el que nos dedicamos al magnífico pasatiempo de no hacer absolutamente nada: largos desayunos mirando el mar, lectura tumbados en la playa bajo un cocotero y un poco de snorkel, más que nada por aquello de sentirnos mínimamente activos. El ambiente es un poco sórdido para mi gusto, con demasiados occidentales entrados en años acompañados de jovencísimas filipinas, a las que no solo aventajan en años sino generalmente en muchos kilos. ¿Lamentable y patético, otra muestra más de la desigualdad norte/sur y de la apisonadora financiera occidental sobre unas mujeres filipinas sin otra forma de salir de la pobreza? ¿O un buen acuerdo para ambas -y adultas- partes? Supongo que el diablo está en los detalles...

Casas coloniales de Taal convertidas en hoteles con encanto
El último ferry de nuestro periplo filipino nos llevó a la industrial Batangas, ciudad que abandonamos inmediatamente en dirección a la colonial y agradable Taal, con sus edificios, comercios e iglesias de origen español, algunos de ellos todavía con inscripciones en castellano.

En el mar de Filipinas hay una isla, Luzón. En la isla hay un volcán con un cráter que tiene un lago dentro, lago Taal. Ese lago tiene una isla, también llamada Taal, que tiene un cráter, con un lago y, sí, con una isla dentro. No pudimos comprobar si esa isla tenía otro cráter con lago e isla en plan matrioskas, pero casi mejor por nuestra salud mental.

Tras una última y potente subida hasta Tagaytay, ciudad con buenas vistas del lago Taal cuando el tiempo lo permite, la carretera baja suavemente en dirección al caos y la suciedad de Manila. Dentro de ese lío nos cruzamos con algunas procesiones religioso-festivas, con efigies del Santo Niño, bandas de música, majorettes y un buen número de seguidores, procesiones en las que, lejos de la eclesiástica sobriedad a la que estamos acostumbrados en nuestro país, al Santo Niño lo zarandeaban a ritmos tropicales con poco miramiento pero mucha gracia, mientras el personal bailaba al mismo son.
Una caja protegiendo los cambios de la cadena, otra protegiendo los
cambios del manillar, pedales fuera, y así se fueron y así llegaron. Genial.

A Manila ni entramos. Con el vuelo a las 8 de la mañana y teniendo que empacar las bicis unas horas antes, nos quedamos en un digno aunque muy ruidoso hotel junto al aeropuerto. Al día siguiente, a Hong Kong..., pero eso ya lo contaremos en la próxima entrada.

Abrazo



Arriba Paco con su familia filipina, y abajo Rubén y Merce. A ambos los ciber-conocí en el foro de rodadas.net, y estuvo genial volver a encontrarse con los murcianos (de nuevo en la carretera esta vez Rubén solo) en Cebú, y conocer a Paco y su encantadora familia en Siquijor
Los paisajes de la isla de Malapascua
Transporte hacia el norte de la isla de Malapascua
Anocheceres en Malapascua
Iglesias de la isla de Leyte

Filipinas está plagado de "water stations", donde por entre 2 y 5 pesos (máximo 0,10euros), rellenan las botellas de 1,5 litros después de limpiarlas a conciencia. Entre otras cosas, muy ecológico

La isla de Camiguín, supuestamente la isla con mayor concentración de volcanes del mundo
No hay foto que describa este día. Fermín era un "echaopalante", y no se le ocurrió mejor actividad para el día de después de Navidad, que agarrar un riachuelo y buscar su fuente. La selva era tan profunda y espesa que la única manera era meterse en el agua y trepar y trepar. En ocasiones la jungla se comía el río, y una y mil veces Hugo y yo pensamos que había llegado el momento de retroceder. Pero no, ahí iba Fermín y abría camino. Cuatro horas sin parar tardamos en llegar a la fuente del río. Y la bajada... de eso mejor no hablamos!

Cuando creíamos que nada podía ir a peor, a Hugo se le rompió una sandalía, y logramos mantenerla en sitio gracias a mi cinturón. A la hora, se le rompió la otra, y menos mal que Hugo también llevaba cinturón!!!


Campos de arroz

En los países pobres la imaginación cobra un lugar muy importante, y da gusto ver ejemplos de reciclaje como el de la foto. Neumáticos convertidos en contenedores de basura.

Las puestas de sol de Siquijor. Una isla con apenas turistas comparada con otras más famosas

Las cascadas de Kawasan en la isla de Cebú

Paisajes de la isla de Negros

Caña de azúcar en la isla de Negros

Salay, con unos estudiantes que nos entrevistaron para un trabajo

Los fotogénicos jeepneyes. Increíble la carga que pueden llevar

La isla de Boracay es ahora un destino para kite-surfers. Desconocemos cómo suele estar Tarifa o similares, pero definitivamente, esta playa parece comenzar a saturarse

Hugo de pie sobre la tabla!

La isla de Mindoro, plagadita de bananos

Puerto Galera, siempre me alucina lo monocromático que puede parecer un paisaje, y cómo te pones unas gafas y un tubo, te sumerges, y aparece todo un mundo de color. Esta era la playa de La Laguna, ideal para snorkelear

Niños del pueblo de Taal

El descanso del guerrero. En los Paradores del Castillo tras una jornada de 25 kilómetros. La verdad es que he andado exhausta en Filipinas

Detalles de Taal. Creo que por aquí pasó alguno de la tierra. Hasta tienen un pueblo llamado Euzkara

A que echabáis de menos el salto. Pues volcanes y todo!

Atasco a las afueras de Manila

Celebraciones del Santo Niño. Las más animadas, las abueletas

Para celebrar el Santo Niño desfilan por la calle principal de los pueblos con las figuras del Santo Niño expuestas en coches, motos, triciclos, carros,... todo vale. Y la familia entera se hace con camisetas iguales, tipo peña. En la foto los Ramírez, marchosos tenían que ser, eh Ramírez???

La "Iglesia ni Cristo" es uno de los mayores, más ricos e influyentes grupos cristianos del mundo. En Filipinas sus iglesias son idénticas, como la de la foto. Llama la atención verla en medio de lugares pobres a rabiar

Para lo miedosa que soy yo con el mar, salvo en dos ocasiones, hemos tenido bastante suerte

Desayunos filipinos, polvorones filipinos, lentejas y chipis en su tinta
Y otro enero más que hemos cumplido años, ya sumamos 98, el próximo año nos cae la centena!


12 comentarios :

  1. ¿dónde estaba el tarsero? (no se admiten chistes como en el trastero, bajo el trasero, etc.) Quiero decir, ¿era salvaje?

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    1. De salvaje nada, era un bicho educado y se comportó muy bien... El tarsero en cuestión estaba en un santuario, que así suena muy bien pero realmente era un gran espacio vallado, con los tarseros estratégicamente situados en árboles para que los turistas los viéramos. No prece ue estuvieran mal, pero desde luego no estaban en libertad. Hay otro lugar que se puede visitar por la noche en donde los tarseros están en libertad, pero en el que verlos es una lotería. O eso dicen, que yo no fui. ¿Te han recordado a algún pariente y tienes interés por verlos?

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    2. Hablando de parientes, que sepas que mi santa madre suele leer el blog

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    3. Por fin alguien con criterio y buen gusto en tu familia...

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  2. Hola pareja!!!

    Da gusto filipinas, el tiempo y el mar (fuera de la salida asfixiante de Cebú!!!), eh?
    Unas notitas:

    - Qué fuerte la imagen de los Tarseros!!! Que manos, que gesto!!!. He leído un poco en internet y dice que se suicidan si se les encierra!!!
    - Habeis pasado por Mindoro (Mamburao beachjh en Mindoro fue 1a salida asiática vacacional en el "Kung Hei Fat Choi" de 1989 para algunos de nosotros, jejeje).
    - Pero no habéis ido ni a Zumarraga ni a Legazpi!!! :-( :-(
    - Qué alivio!!!!. Hugo, vuelves a saltar por encima de todo!!!
    - Bego, qué radiante se te vuelve a ver tras los rigores invernales y retos fuertes ya pasados!!!! Qué bien!!!

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  3. Por cierto, cada vez os saltáis más a la toreara no solo edificios y volcanes sino la ruta 1ª planeada en el mapa.
    Qué poco disciplinados!!!!!

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    1. Hola Edu! Muy bien Filipinas, se nos han qudado muchos lugares en el tintero, habrá que volver..., entre otros lugares a Zumárraga y Legazpi, claro.
      Ya, lo tarseros mucho gesto pero no ganarán un concurso de belleza. Y cómo se suicidan?
      Nada menos que en el año 89 estabas por aquí. Estamos hechos unos abuelos.
      Bego está estupenda... ¿Por qué crees que salto?
      La naturaleza del viaje es cargarse los planes...y más que nos los vamos a cargar.
      Abrazo

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    2. Respuesta al final de los traseros encerrados: "Víctima de estrés o depresión, este animal suele golpearse la cabeza o sumergirla en agua porque no soporta el encierro".😳😳😳😳😳
      😞😞😞😞😞

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  4. Mango: mi fruta preferida y la de por desgracia, parte de la clase política española.
    En la calle Matia (no diré el comercio para no hacer publicidad), vendes mangos excelentes... Eso sí, seguro que no al mismo precio que allá. Cuidaos.

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    1. O sea que te gusta el mannnngo, eh malandrín? Muy callado te lo tenías... 😀

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  5. Estimados, me he emocionado con la referencia a "los Ramírez y su reputada alegría", prueba inefable, como bien decíais, de que algún "paisano" visitó y dejo impronta en aquellos lares. Hugo, no seas cutre y apures tanto con "el material"; si hay que renovar unas sandalias... y no seáis tan "gorrones" con los productos ibericos!
    Besos y abrazos. IRZ.

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    1. Fíjate que está lejos y ni así se libraron los pobres filipinos de la plaga Ramírez. Seguro ue para ellos fue el principio del fin.
      Qué más quilsiera yo que poder renovar mi ajuar. No que me haga falta para mi natural elegancia, pero por lo menos Bego no se avergonzaría de mí. Desgraciadamente, los asiáticos no se distinguen por su altura ni por tener pies grandes, así que no es fácil sustituir material. Para un tipo estándar como tú no habría problema...
      Reconozco ue con los ibéricos pierdo la compostura...y lo seguiré haciendo.
      Abrazo y disfruta de los Dolomitas!

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