17 de noviembre de 2016

Bicigrinando por Japón

Llegamos a la industrial Tokuyama, ya en la isla principal de Japón, Honshu, en un atardecer oscuro, ventoso, frío y lluvioso. Tras intentar en vano alquilar una habitación de hotel, para acabar de arreglar este panorama festivo nos fuimos a dormir a un lugar tranquilo con vistas al futuro, esto es, junto a un cementerio. Una aparición, un alma en pena en forma de señor paseando a un perro nos hizo notar que ahí no estaba permitido acampar, por mucho que a nuestros vecinos no les fuéramos a molestar en su eterno sueño, y nos indicó otro lugar, en un tupido bosque. Con la que estaba cayendo comprobamos que el bosque era más bien un gran charco sobre el que nuestra tienda hubiera flotado y al final terminamos plantándola en un complejo deportivo, bien cubiertos y junto a unos limpios baños. Tope lujo.

En los museos, parques y memoriales de la cercana Hiroshima volvimos a repasar, como ya hiciéramos en Nagasaki, los desastres de las bombas atómicas..., y no hicimos mucho más, necesitados como estábamos de descanso y de limpieza corporal y de ropa. Un céntrico y minúsculo apartamento de Airbnb con una ducha tipo "Lost in Translation" en la que yo -o cualquiera que mida más de 1,70m- apenas cabía, nos brindó ese descanso y esa limpieza.

Bahía de Mitsu, a las afueras de Hiroshima
Desde Hiroshima seguimos por la costa, una preciosidad con cantidad de montañosas islas por todas partes. Es zona de cría de marisco, en particular de ostras y vieiras..., que no catamos. Nosotros permanecemos fieles a los onigiri o triángulos de arroz rellenos, a los sandwiches y "setos" de comida de los konbinis, al sushi del supermercado y a la pasta nocturna, sea en forma de espaguetis cocinados por nosotros o ramen/udon/soba de restaurante. Si en Mongolia o Corea la comida nos dejó más bien "insatisfechos", la gastronomía japonesa es una maravilla, tanto por su sabor como por su presentación. Habrá algunos que la identifiquen solamente con el pescado crudo del sushi o del sashimi (que ya sería bastante), pero ya sabemos que es mucho más que eso y todo delicioso..., aunque nosotros en este viaje no le estemos dando todo el recorrido que se merece.

En Japón hay una vastísima red de konbinis; debe de haber muchos miles de tiendas de conveniencia como 7/11, Lawsons y otros. Auténticos oasis para los ciclistas, en ellos encuentras comida y bebida, claro, pero también impolutos baños, wifi gratis, a veces un enchufe donde cargar los aparatos y, algo que no es baladí en un país sin papeleras, un lugar para tirar la basura. En las tiendas, los dependientes vocean los preceptivos saludos y despedidas y a veces hasta te hacen reverencias a pesar de haberles comprado solamente un mísero café de 100¥ (0,90€). Al principio uno no sabe qué decir o qué cara poner ante tanta ceremonia; al final he optado por hablarles -en español, realmente da igual el idioma- para que no se sientan en un monólogo.

Un chocolate caliente en medio de la nada?
Cuando no encuentras un konbini, siempre hay, hasta en los lugares más recónditos, máquinas expendedoras de bebidas, calientes y frías. En menor número también hay máquinas de comida, tabaco, alcohol y, según recuerdo de anteriores viajes, hasta de ropa interior femenina (usada, que estos japoneses son unos fetichistas).

Las siguientes pedaladas nos llevaron hasta Onimachi, que nos sorprendió con un estupendo conjunto de templos, a cada cual más bonito y sencillamente sofisticado que el anterior, además de con unas magníficas vistas sobre el archipiélago que pronto íbamos a recorrer.

El trayecto entre Onimachi en la isla de Honshu e Imabari en la de Shikoku a través de las islas de Shimanami Kaido y los enormes puentes que las unen es ya un clásico. Especialmente los fines de semana se llena de ciclistas, en su mayoría japoneses, pero también algún que otro extranjero. En el camping de una de esas islas (camping por el que habíamos pagado por adelantado, como dos auténticos panolis, para tener acceso a una ducha que posteriormente resultó estar cerrada) y en el que tuvimos que quedarnos una segunda noche a causa de la lluvia, conocimos al holandés Kevin, de viaje ciclista por Oceanía y Asia. Por cierto, esa segunda noche la pasamos tan ricamente acampados en el baño de mujeres del camping (siempre hay una primera vez para todo). Si es que todo está limpísimo en este país, aunque, como digo, no haya papeleras...

Por favor abstenerse de jugar a Pokemon en todos los santuarios
Continuamos por la costa del mar interior de Seto, en este caso la costa de Shikoku, hasta Marugame, ciudad hermanada con Donosti, en donde asistimos a dos espectáculos. El primero ocurrió en uno de los 88 templos del peregrinaje de Shikoku: uno de los religiosos del templo había peregrinado a Santiago de Compostela y nos quiso deleitar con algo de cultura religiosa japonesa. Enganchó a dos peregrinos que estaban por ahí con dos caracolas musicales que parecían recién salidas de algún pasaje bíblico y, acompañados de tambor y una especie de anillas crotaleras, nos obsequiaron con una música étnica, mística y un tanto curiosa.

El segundo espectáculo fue menos exótico pero resultó más alucinante para nosotros, pues era la primera vez que lo presenciábamos. Esa noche acampamos en un parque de Marugame que resultó ser nada menos que lugar de caza de Pokemons. Impresionante. Ahí estaba medio Marugame, no importa la edad, sexo o profesión, deambulando sin rumbo por el parque mientras miraba atentamente su móvil a la caza del bichillo. A los cuatro extranjeros (nos juntamos con otros dos ciclistas) acampados en mitad del parque no nos hicieron ni caso, absortos como estaban todos con su búsqueda. No nos derrumbaron la tienda de milagro. Posteriormente vimos carteles en templos prohibiendo cazar Pokemons en sus lugares sagrados...

Con Miyuki, encargada del intercambio internacional de Marugame
En Marugame, en un arranque de ñoñostiarrismo y sin saber muy bien para qué, también visitamos el ayuntamiento, a decir que dos donostiarras habían llegado hasta ahí en bici y a ver si había alguna placa que certificara la hermandad de las ciudades. No tenían nada de eso, pero a cambio nos enseñaron un álbum de fotos sobre la hermandad y en una de ellas aparecían dos buenos amigos, Alberto y Lourdes. El mundo es, definitivamente, un pañuelo.

En el peregrinaje de Shikoku al que hacía referencia anteriormente se visitan los 88 templos asociados con el monje budista Kukai. También llamado Kobo Daishi es lo más parecido a un santo entre los budistas, vivió entre los siglos VIII y IX y fundó la escuela budista esotérica Shingon además de ser arquitecto, lingüista, diplomático, calígrafo, poeta y más. Un genio, vaya. Los peregrinos de verdad, llamados henro y ataviados con un particular uniforme, lo hacen a pie y cubren aproximadamente 1.200 km en uno o dos meses. Nosotros creo que solo visitamos unos diez o doce templos y además lo hicimos en bici, así que no nos hemos ganado el cielo budista, cualquiera que éste sea.

Unos kilómetros más allá, ascendimos los famosos 1368 escalones para llegar al templo de Konpirasan, otro lugar de peregrinaje. El templo es otra preciosidad encajado en un magnífico bosque, así que uno se explica que la gente haga el esfuerzo de subir hasta ahí. Además, al bajar lo típico es comerse unos gruesos fideos tipo udon, y el esfuerzo se olvida pronto. Bueno, menos mal que en muchos lugares se puede escoger el tamaño de la porción que te van a servir (no hay premio para el que adivine cuál elijo yo), que estos japoneses comen como pajaritos.

El río Iya
Nos hicieron falta esos fideos y unos cuantos más para llegar y recorrer el valle de Iya en medio de la isla de Shikoku, lleno de cuestas en este país montañoso donde los haya. Lo recorrimos en buena parte por una carretera estrecha -a veces de una sola vía-, sin apenas tráfico, rodeada de árboles en preciosos colores otoñales y con un río de aguas cristalinas al lado. Idílico. En los bosques de la zona vemos cérvidos (ni idea de qué eran exactamente, así que decir cérvido es seguro y queda muy docto), aves rapaces y, alucina, monos de cara colorada (de los que posteriormente hemos visto unos cuantos en otras zonas).

En este angosto y lejano valle se refugiaron en el s.XII los pocos que quedaron del perseguido clan Heike o Taira, el clan perdedor en la guerra de samurais contra los Minamoto, guerra relatada en el Cantar de Heike, un poema épico clásico de la literatura japonesa y fuente de numerosas leyendas e historias. Perfecto paisaje para tanta épica. Lejos de imágenes de batallas feudales, oscuras leyendas y bosques tenebrosos, una de las imágenes más curiosas, surrealistas y un tanto cursi, fue la de Nagoro, un pueblo repleto de muñecos de tamaño natural en situaciones cotidianas: esperando en la parada del bus, trabajando en el campo, chismorreando en un portal, etc., creados por una lugareña para recordar a sus antiguos vecinos. 

Una de las dos paradas de autobús donde hemos dormido últimamente
Saliendo del valle con mal tiempo, frío y sin hoteles cercanos, nos refugiamos en una parada de autobús para dormir. Realmente la parada de marras era un cómodo cuarto cerrado, amplio, limpio y con baño en el que pudimos hasta plantar la tienda para tener más intimidad. Pero lo importante fue que, sin previo aviso, la señora del restaurante de al lado se presentó en "nuestros aposentos" con un perol de sukiyaki (carne de ternera con vegetales cocido todo a fuego lento), boles de arroz y todo el patín para invitarnos a cenar. Hablaba tanto inglés como nosotros japonés así que ni hubo conversación ni nada. Solamente pura generosidad, cuando ya era tarde y seguro que lo que le apetecía a la señora era irse a casa.

La cultura laboral japonesa es otro de esos asuntos que llama la atención al occidental. Por un lado la cantidad de personal que tienen los negocios, los comercios, las obras, etc. es exagerada, más propia de países en desarrollo que del país más desarrollado del mundo. Por ejemplo, en una obra en una calle siempre habrá varias personas dedicadas exclusivamente a dirigir al peatón por el más que evidente camino seguro. Ninguna falta, pero ahí están. Y además de mucho personal, éste trabaja muchas horas. En una reciente encuesta, casi el 25% de las empresas admitía que sus trabajadores metían 80 horas extra al mes; el 12%, nada menos que 100 horas extra al mes. Tanto es así, que en japonés existe una palabra para definir la muerte por exceso de trabajo: karoshi. 93 personas se suicidaron o lo intentaron en los doce meses entre marzo 2014 y 2015. Aunque las cosas están mejorando y ya se habla abiertamente del problema, será difícil cambiar la cultura laboral, con las presiones corporativa, social y entre colegas para currar más. Desgraciadamente los japoneses trabajan muchas horas pero producen poco (malas prácticas y, curiosamente, poca tecnología), uno de los peores de la OCDE con 39$ por hora trabajada frente a los 62$ que aporta un estadounidense.

Otras dos horitas de ferry para cambiar de isla de nuevo
Cruzamos en ferry desde Tokushima en Shikoku hasta Wakayama, de vuelta en Honshu, para poder visitar la península de Kii y seguir haciendo peregrinajes. Vamos a volvernos santos...

Y eso fue lo que hicimos, esta vez a pie, en la ruta Nakahechi de Kumano Kodo, un peregrinaje patrimonio de la humanidad, hermanado con el Camino de Santiago. Suena a mucho, aunque después realmente la ruta se hace en solo un par de días. El camino es “monótonamente” muy bonito, pues transcurre casi en su totalidad por un denso y precioso bosque de cedros japoneses y coníferas, árboles altos y rectos como clavos que poca luz solar dejan entrar, creando un ambiente un tanto mágico. A diferencia del Camino de Santiago, prácticamente no vimos un alma. Una visita a un buen onsen (balneario de aguas termales) para finalizar nos quitó el polvo del camino.

En la preciosa carretera 371 a Koyasan, rodeada por bosques en su mejor kouyou (“el cambio de color de las hojas”) y en los que no cabía un árbol más, vimos, eso, árboles, animalitos varios... y docenas y docenas de motos. La carretera se lo merece. Ésta subía y subía hasta los 1.280 m del paso de Gomada Zan, no mucho para lo que hemos pasado, pero con unos repechos de aúpa. En un pueblo de camino celebraban un festival. Seguro que tenía un significado antropológico y social de lo más profundo; lo que nosotros vimos fue grupos de tipos totalmente tajados transportando unos templetes, en los que los del frente tiraban de él en un sentido y los de atrás, en el otro, con el objetivo de pasar el templete por una puerta o torii. La melopea era de tal calibre que eran incapaces de dar dos pasos seguidos en un sentido, así que el festival tenía su gracia... y su duración.

Templos de Koyasan, patrimonio de la humanidad
Kobo Daishi, el mismo del peregrinaje de los 88 templos de Shikoku, estableció una comunidad religiosa en Koyasan en el año 816. Aunque muchos templos se han quemado hasta en cinco ocasiones se han ido reconstruyendo y ahora es una joya en forma de 110 templos budistas que conforman el centro de la secta esotérica budista Shingon, todos ellos rodeados de enormes cedros y con los arces y otros árboles en una explosión de colores otoñales. Mejor aún que los templos es el cementerio, un lugar mágico con 200.000 monolitos, templetes, esculturas, etc., funerarias, rodeados de cedros japoneses de hasta 600 años y 50m de altura, con musgo y hierbajos que le dan un aspecto romántico y misterioso. La primera noche la pasamos acampados junto a la puerta principal de la ciudad. Para la segunda noche llovió tanto que buscamos un hotel: 80€ sin baño. Y agradecidos, pues dormir en un templo cuesta eso como mínimo, pero por persona.

Desde Koyasan pedaleamos por preciosas y estrechas carreteras de montaña hacia el norte de camino a Nara y su enorme buda de bronce (uno de los mayores de Japón), buda metido en el también enorme edificio de madera (uno de los mayores del mundo). 

Kyoto
Y de ahí a la magnífica Kioto por una estupenda vía ciclista (de las relativamente pocas que hay en Japón). De esta ciudad la guía dice que es, junto a ciudades como París, Londres o Roma (y Donosti, claro) una de esas ciudades que hay que visitar por lo menos un vez en la vida. Pues eso. Kioto la disfrutamos con tiempazo, colores otoñales... y millones de turistas, un buen número de (sobre todo) ellas vestidas de geishas. Nos pegamos un empacho de templos y de jardines, todo de una sofisticada belleza, sin estridencias ni grandilocuencias. Una maravilla.

Dejamos Kioto en dirección a Tokio, todavía sin saber si la nieve y el frío invernal nos permitirán cruzar los Alpes japoneses o si seremos un par de nenazas personas con sentido común e iremos más al sur. Os lo contaremos en la siguiente entrada...

Un abrazo


Nota de Bego: la supercámara volvió a fallecer, así que las fotos de esta entrada son del móvil y de la cámara de repuesto.
El puente Kintai en Iwakuni, cinco arcos de madera sobre el río Nishiki, famoso por no tener clavos metálicos, pero debió ser alguna versión anterior, ya que la actual sí que tenía!
La famosa gran puerta sobre el agua de la isla de Miyajima, una de las muchas islas del mar interior de Japón

En la entrada de todos los templos hay perros guardianes conocidos en el sintoísmo como komainu
El salto sobre la gran puerta
    
En muchas de las visitas turísticas hemos coincido con cantidad de grupos escolares

El edificio de la cúpula fue el más cercano a la explosión de la bomba atómica y se dejó tal cual, como Monumento de la Paz de Hiroshima

Tranvías de Hiroshima. La gama de tranvías de esta ciudad, tanto japoneses como europeos, es tan ecléctica que se le apoda "El museo móvil del tranvía". Para los trenviciosos, os dejo un enlace de los modelitos 
La "pizza japonesa" u okonomiyaki, cocinada al momento: una harina con agua, un montón del col, otro montón de brotes de soja, unas lonchas de panceta, un montón de fideos, un huevo, y mucha salsa y cebollino cortado. Vamos, una de esas recetas guarras de David de Jorge con un poco de todo.

Nos asomamos entre dos casas para ver la vida en la bahía, y salieron estos dos encantadores abuelitos con un par de bebidas frías: dos jarabes de farmacia para darnos fuerza, que sin dudarlo fueron para adentro, y manzanas y plátanos para que nos los lleváramos para el viaje.

Las conchas de las vieras. Desconocemos para qué se usan

Esperando a que anochezca para plantar la tienda en una playa del mar interior de Japón

La ciudad de Onomichi estaba llena de templos budistas del siglo IX, y ha sido escenario de más de una película. Nos gustó mucho.

Detalles de los templos de Onomichi

Las islas entre la gran isla de Honshu y la gran isla de Shikoku. Algunas de ellas estaban bastante pobladas y había bastantes astilleros, pero todavía tenían muchas zonas sin habitar.
Puentes suspendidos que unen la isla de Honshu con la isla de Shikoku a través de pequeñas islas. Todos de más de un kilómetro, el último de 4,1km.
De acampada en un baño de chicas. Con la que estaba cayendo fuera y ningún hotel/construcción en kilómetros a la redonda...

En España un buen número de camiones a la puerta de un restaurante suele significar buen menú. Probablemente en este restaurante también hubiera un buen menú, ahora, el precio...

Paisaje desde un puente sobre el mar interior de Japón

Los minisupermercados no sólo servían para todo lo que os contaba Hugo, sino también para recibir paquetes de amazon. Filtro de agua y powerbank nuevos, entregados en un par de días.

Esperando a otra puesta de sol antes de plantar la tienda... Es lo que tiene acampar fuera de un camping, algo ilegal en Japón. Que es mejor esperar a que sea de noche, para no tener problemas.

Esta pareja estaba haciendo la ruta de los 88 templos. Él tenía 91 y ella 84.

Templos de la ruta de peregrinación de los 88 templos de Shikoku

Está establecido todo lo que lleva el peregrino, uno de los objetos es un bastón con un cascabel, y cada templo tiene un lugar específico donde colocarlos mientras se cumple con el ritual.

Mil y pico escalones entre un bosque cerrado para llegar a este templo dedicado a los pescadores.

La versión japonesa del manneken pis de Bruselas, en el valle del Iya

Puente de lianas Kazurabashi sobre el río Iya de aguas cristalinas, en una de las tres zonas montañosas más grandes y hermosas de todo Japón

Los muñecos de Nagoro. A tamaño real. Se estima que hay unos 350 en sustitución a habitantes que se fueron, bien a otras ciudades o bien a otra vida.

Aquí, con algunos de los exhabitantes de Nagoro

Los bosques del valle de Iya

Ese día habíamos subido sin esperarlo y entre lluvia y una niebla espesa un puerto de 1300m. Quisimos quedarnos en una de las pensiones del puerto pero estaban todas llenas. Hicimos 20kms de bajada hasta un hotel marcado en el mapa. También lleno. Cansados y ateridos, nos metimos en esta parada de autobús, que nos mostró la mujer de un restaurante cercano. A la hora, aparece con una sartén de Teriyaki, los tés, y según Hugo bromeaba que sólo le había faltado un poco de arroz, volvió con nuestros boles de arroz. Un ángel.

Los templos del este de Shikoku

El castillo de Wakayama

Señales en Tanabe indicando dónde ir en caso de fuerte terremoto, por si ocurriera un tsunami. La costa estaba protegida por un muro, y las puertas de acceso a la playa tenían compuertas de cierre automáticas

Uno de los símbolos del trek de Kumano Kodo. Figuras de piedra de apenas medio metro de altura (Giubadoji, a la izquierda, es un niño montado en un caballo y una vaca)

El descanso del guerrero. Mesa con aguas termales para los pies.

Festival sorpresa donde un grupo de hombres en estado ebrio, portaban unos tambores gigantes que otros iban golpeando.

En el mismo festival había una especie de "brujos" a los que niños y no tan niños se dirigían para obtener su bendición a base de llevarse un pequeño garrotazo en la cabeza.

Y así estaban los valles del sur de la península Kii

Y así estaban los arces

Carretera 371 de la península de Kii. Sufrí.

Elegimos la trasera de la puerta principal de entrada a Koyasan para plantar la tienda. Tenía pinta de que iba a ser un sitio tranquilo. No pensamos en plan b. Cuando volvimos ya de noche cerrada, resultó que la puerta estaba fuertemente iluminada. Luz con la que nos tocó dormir. Curiosamente encontramos una clavija donde estábamos poniendo las nuestras, parece que no somos tan originales eligiendo rincones privados.

Koyasan, ciudad cada día más turística, pero muy muy tranquila comparada con Nara o Kyoto

El bodhisattva Jizo es uno de los más queridos en Japón. Protege a viajeros, y es también guardíán de los niños y la maternidad. Es por ello que aquellos padres que han perdido un hijo o cuyo hijo ha sobrevivido a una grave enfermedad, coloquen baberos en sus representaciones como agradecimiento o como protección. 

De Koyasan a Nara por una carretera de lo más gozosa. Especialmente por la cuesta abajo.

Ya se nos había olvidado qué era aquello de que todo el mundo quisiera hacerse fotos con nosotros. En Japón no es el caso, salvo algunos grupos de niños.

Como quizá hayáis visto mil fotos del gran buda de Japón, os pongo la foto de uno de los dos grandes guerreros que lo custodian, Koumokuten

Un curioso templo de Nara (Kofuku-ji), octogonal, y Hugo con su nuevo look made by Bego. Qué manos tengo con las tijeras, eh?

En Kyoto era muy típico que las turistas japonesas (y alguna no japonesa) se vistiera con kimonos de alquiler para visitar los templos. Esta fue la única Geisha verdadera que vimos, y rápidamente desapareció en un taxi.

Además de alquilar kimonos, podías alquilar carroza tirada por jóvenes.

Otro de los templos de Japón, tras un árbol Gingko en su amarillo color otoñal

En la estación de Kyoto tuvimos la suerte de ver grupos de baile actuando

En la barra de un restaurante esperando nuestros udon

Y cómo no, el templo dorado de Kyoto, en esta ocasión bajo la lluvia

8 comentarios :

  1. Lo que aprende uno con vuestro blog. Yo creo que con tanta lluvia se nos cortocircuitó la sesera y no nos enteramos de la misa la mitad. Como me he reído con lo del alojamiento con vistas al futuro, al cementerio, Jajajaja.

    ResponderEliminar
  2. Venga, que los Alpes los pasáis vosotros a la pata coja. Saludos desde Filipinas.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues los cruzaremos a la pata coja, porque en bici va a ser ue no. Entre el frío y la lluvia que pronostican, como doa nenazas nos hemos venido para la costa y a pedalear en dirección tokio... Pero la culpa es vuestra, por las fotos de Filipinas...

      Eliminar
  3. ¡Fantástica crónica y fotos chicos! Entre otras cosas me habéis hecho recordar, ya hace tiempo, nuestra visita a Plymouth, también hermanada con Donosti, que, en la oficina de turismo, al ir a pedir información sobre la ciudad, cuando se enteraron que eramos de Donosti nos pusieron guía privado durante horas...

    ¡Seguir así!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Gracias Aitor! En Marugame también nos ofrecieron guía pero declinamos..., que nos tocaba pedalear.
      Abrazo

      Eliminar
  4. Hola a ambos! Perdonad que no escriba mucho, pero ya que me conocéis, creo que incluso os alegraréis de no tener que leer mis chorradas. Esta vez lamentablemente la cosa va en serio porque no sé si sabéis que ayer falleció Shegun (Segundito) Azpiazu. Si queréis ma´s información, igual podéis acceder a este link
    http://www.diariovasco.com/deportes/baloncesto/201612/01/adios-shegun-azpiazu-20161201152303.html
    Un abreazo a ambos (y que sepáis que aunque no escriba, os leo).
    Alex (y los Gorritis)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Alex, lo sabíamos ya. Y gracias por leernos...

      Eliminar