20 de octubre de 2015

La India: entre montañas y lugares sagrados

En la última entrada de este apasionante relato viajero :-) os contábamos cómo, tras mes y medio en India, la sensación de finalmente llegar a este país se materializó cuando descendíamos de las montañas hacia el calor, el ruido, el tráfico, la suciedad, la pobreza, los olores y, en fin, el fenomenal caos indio. Caos que por un lado -será nuestro lado masoquista- nos gusta por su intensidad y autenticidad -¿qué sería de India si se pareciera a, no sé, Suiza?-, y por otro nos lleva por el camino de la amargura, con tantas situaciones frustrantes y cabreantes. Sin duda, los indios son capaces de lo mejor y de lo peor...

Un indio que vive en EEUU desde hace 25 años y ahora se dedica al coaching y a escribir libros de autoayuda nos dijo que el problema es que, a pesar de la tan extendida espiritualidad india que promulga el amor al prójimo y al universo que te rodea, el indio no empatiza, no se pone en la piel del vecino. Él lo explica por la densidad de población y la histórica necesidad de pelearse contra todo y contra todos para salir adelante, de tal forma que el indio va exclusivamente a lo suyo, en plan apisonadora. Como los chinos, vaya, cuyo ejemplo también usó, y que también hemos sufrido en nuestras carnes. Desde luego esa sensación tiene uno cuando circula por la carretera. El coacher también le echó la culpa al abstracto "sistema", que yo más bien veo como una pobre excusa para evitar responsabilidades individuales.

Chandigarh, nuestra siguiente escala de importancia desde Shimla, la capital de verano del Raj, nos decepcionó un poco. Un poco bastante. Capital del Punjab, fue diseñada por Le Corbusier en los años 50, y antes de llegar nos habíamos hecho la idea de una Brasilia india, con un urbanismo humano, estructurado, organizado. Algo de eso tiene, pero ya ha sido invadido por las peculiaridades indias y su (escandalosamente patente falta de) mantenimiento, orden y limpieza... Las grandes, anchas y arboladas avenidas le dan al mismo tiempo un aspecto desahogado y desangelado, en el que no se sabe dónde está el centro de la ciudad y no invitan al paseo. En el lado positivo, no parece que haya atascos y la ciudad es bastante verde.

Hablando de atascos, los indios son unos maestros..., creándolos. Viene el tren, paso a nivel cerrado. Los primeros conductores se colocan junto a la barrera en su lado de la carretera y esperan pacientemente a que pase el convoy. No pasa más de un minuto para que indefectiblemente, un motero, un rikshaw o, a veces, un coche, se coloque junto al primer coche, pero en el carril contrario, ergo, bloqueando a los que están al otro lado de la barrera. "Si él lo hace, yo no voy a ser menos", dicen dos o tres millones de indios de la cola al mismo tiempo (es que hay muchos). Rápidamente los dos carriles, el propio y el de los de enfrente, están hasta arriba de vehículos, sin ningún orden ni concierto. Bueno, concierto tal vez sí, de viento y percusión. Al otro lado de la barrera, obviamente, lo mismo. Cuando acaba de pasar el tren y se abre la barrera os podéis imaginar el FOLLÓN. O tal vez no, no os lo podéis imaginar.

Dejamos las bicis en Chandigarh para hacer una escapada en bus a Amritsar, cuna y gloria de los sikhs (es sijes en castellano, pero me suena fatal), con su magnífico Templo Dorado como máximo exponente. Es realmente una joya y ni siquiera las hordas de indios, a veces un poco demasiado amistosos y físicamente cercanos para el gusto occidental, pueden empañar su belleza. Los sikhs purifican sus pecados bañándose en el lago que rodea el templo, vestidos únicamente con su sempiterno turbante en la cabeza, amplia ropa interior y la preceptiva daga enganchada en algún lugar. Supongo que los otros dos de los cinco emblemas que todo sikh debe portar en todo momento (además del pelo y barba sin cortar, la amplia ropa interior y la daga, también deben llevar un peine y un brazalete) estarían por algún lugar de sus cuerpos...

El templo dorado
Nosotros, en lugar de purgar nuestras a buen seguro maculadas almas en el lago sagrado, nos hundimos desenfrenadamente y hasta las cejas en el pecaminoso lodo de la gula: alojados gracias a los puntos de Iberia de Bego en un hotel de lujo (qué decadentes) con piscina (estupenda), gimnasio (¿comorrrr?) y todo el patín, dimos buena, qué digo, buenísima cuenta de los buffets de cena y desayuno. Una suerte que no nos conociera nadie... o tal vez a estas alturas de la vida ya nos dé igual.

Este lujo nos hizo pensar -me temo que nada original, seguramente nos ocurre a todos en cada viaje a la India- en las enormes diferencias sociales y económicas de este complicadísimo país, lleno de diferentes religiones, etnias, castas, idiomas, climas, paisajes, etc. India lleva unos años creciendo y sacando a gente de la pobreza, pero todavía tiene mucho que hacer. Por suerte India está soportando la crisis mundial bastante bien. Actualmente está creciendo a un 7%, beneficiándose de la bajada de precios del petróleo y de las materias primas, sin sufrir la ralentización de la economía china, pues no exporta demasiado a ese país. Con 1.250 millones de habitantes tiene una población similar a la de China, pero es más joven (27 años de media) y mucho más pobre: su PIB es de 2 billones de US$ frente a los 11 billones de US$ de China.

Recogimos las bicis en Chandigarh y seguimos camino, esta vez a pedal, que había que quemar calorías. Aunque en el trayecto todavía tuvimos que sufrir a algunos agresivos cafre-conductores, pasamos por preciosas zonas rurales, frondosa y exuberántemente verdes, donde la gente nos saludaba simpática... y no solo a bocinazos.

Y por fin llegamos al santo y, por qué no decirlo, abnegado Ganges. Abnegado por aquello de la cantidad de basura y polución que recibe, a pesar de su supuesta santidad, algo que hace que aguas abajo sea uno de los ríos más polucionados de esta parte del mundo. (Por cierto, 13 de las 20 ciudades más contaminadas del mundo están en el subcontinente indio.) Pero por aquí, recién nacido en los glaciares himalayos que más adelante visitaremos, todavía está limpio y puro y hasta te puedes bañar en sus aguas sin temor alguno a cóleras o tifus.

En concreto llegamos a Rishikesh, donde dejamos aparcadas las bicis unos días mientras descansábamos y viajábamos por la zona. Lo de viajar lo hicimos físicamente, como meros mortales en buses y taxis compartidos, pero si yo no fuera un descreído, a buen seguro que con un poco de formación y dedicación podríamos haber levitado de un lugar a otro. No en vano Rishikesh es la meca del yoga, la meditación y la espiritualidad en India (tendré que tomarme algún antihistamínico por aquello de la alergia...) sobre todo desde que los Beatles lo pusieran de moda en Occidente allá por 1968 cuando estuvieron unas semanas con el yogui Maharishi Mahesh mientras escribían su White Album. El ashram en el que estuvieron es hoy una dilapidada atracción turística..., que no visitamos.

Rishikesh
En Rishikesh hoy en día hay mucho iluminado y, como decía un cicloturista americano, mucha alma perdida, pero también gente interesante, razonablemente buenos hoteles (a 5€ la noche e incluso menos), restaurantes con comida asiática y occidental, montañas por todas partes, playas (sí, de arena) en el Ganges, actividades varias, etc. todo ello en una zona preciosa, así que puede ser un buen lugar para, en diciembre, darse un respiro de la bici, hacer escapadas y que Bego haga su curso de yoga.

Tanta espiritualidad ambiental no ahuyenta todos los peligros terrenales: cada mañana, mientras desayunamos en la terraza de nuestro hotel, teníamos que estar atentos para que los monos no nos robaran la comida. Y si los intentabas ahuyentar, te hacían frente enseñándote los colmillos. Glups.

Una de esas excursiones nos llevó hasta Gangotri, base desde la que visitar las fuentes del Ganges, de nuevo en los Himalayas. Cuando nos preguntan por qué viajamos en bici, hay un buen motivo para hacerlo y la experiencia de siete horas en bus para hacer unos míseros 150 kilómetros, con gente vomitando alrededor mientras mis piernas sufrían calambres por la imposibilidad física de meterlas en ninguna parte, soportando el calor y el ruido propio de las carreteras indias, no hizo más que recordárnoslo: el transporte público en determinados países es un acto de masoquismo, un peligro y un tremendo peñazo. El año largo en África nos lo dejó meridianamente claro. Desgraciadamente, los desniveles por estas carreteras y caminos son de quitar el hipo y siete horas de bus se convertirían en más o menos tres días de bici... así que en esta ocasión nos decidimos por el bus. Fuimos con otro cicloturista, Thomas, un alemán con el que ya hemos coincidido en Irán, Uzbekistán, Kirguistán y, ahora, en India. El mundo es un pañuelo.

Siguiendo el curso del Ganges hasta su fuente
El bus no fue la única cruz del viaje. El ashram en el que dormimos en Bojhbasa, ya cerca del glaciar donde nace el Ganges, era un lugar cochambrosamente sucio, cuyos dormitorios probablemente nunca habían visto una fregona o una escoba, ni sus pesadas mantas, una lavadora. Entre eso y el intenso frío, las dos noches que pasamos ahí (ojo, no he dicho que "dormimos", sino que "pasamos") lo hicimos vestidos de píes a cabeza, no fuera a ser que se nos pegara la sarna, nos atacaran las chinches o pilláramos una pulmonía. Además así manteníamos a raya a los simpáticos ratones que correteaban por todo el lugar.

Transporte y alojamiento penosos... ¿y la comida? Las cenas, a base de thali (ese rico, alimenticio y barato plato típicamente indio con porciones de arroz, legumbres, vegetales y pan), se tomaban sentados en el frío suelo de cemento en una especie de corredor abierto a los vientos, vientos que están congelados cuando ese lugar está a casi 4.000m en el otoño del Himalaya. Encantador. La cena no solo se comía en el suelo sentados en una incómoda postura para cualquiera que no sea un experimentado yogui o un contorsionista circense, además se comía sin cubiertos. ¿Cómo, me pregunto yo, se mezcla arroz con una líquida sopa de lentejas y te llevas ese brebaje a la boca desde el lejano suelo sin que todo gotee por todas partes? Total, que la mitad del thali terminó en mi pantalón. Ah, y al día siguiente el delicioso desayuno, consistente en unos garbanzos picantitos con un té, acabó de arreglarlo.

La "txabola" del shandu en voto de silencio. Qué lugar!!
A pesar de todas estas penurias y sinsabores, por otro lado propias de sufridos mochileros, lo cierto es que el nacimiento del Ganges es un lugar espectacular, la carretera y caminos hasta él por esos valles rodeados por escarpadas montañas son de cine (sobre todo si obviamos la banda sonora con los vómitos de los otros viajeros), los colores del otoño en el Himalaya, una maravilla. Mereció, por tanto, la pena. Es tan apabullante el paisaje que a algunos les deja sin habla, como a ese santón que lleva un tiempo indeterminado viviendo en Tapovan (un precioso lugar más allá del glaciar del Ganges, rodeado de picos nevados), y que lleva siete meses sin hablar. Otros dicen siete años, pero como no hablaba, no lo pudimos confirmar. Realmente lo suyo es un voto de silencio..., que no debe de ser muy difícil de cumplir durante buena parte del año.

De vuelta a Rishikesh tuvimos muchas dudas sobre hacia dónde dirigir nuestros pasos entre mediados de octubre y primeros de diciembre, cuando tendremos que retornar a Rishikesh: ¿treks por el imponente norte de India, avanzar camino hacia Nepal en su mejor época del año, recordar la magnificencia de Rajastán, bañarnos en las cálidas aguas de la tropical Goa mientras nuestros amigos y familiares sufren del lluvioso otoño europeo?,... qué gusto tener tantas y tan buenas opciones. Al final tuvimos piedad de vosotros y decidimos que nos vendría bien adelantar camino con las bicis, disfrutar de la mejor estación del año en Nepal y, tras dejar las bicis a buen recaudo en Katmandú, volver en transporte público a Rishikesh.

Del camino de Rishikesh hacia Nepal, estando ya en el valle del Ganges y cerca de las zonas más pobladas de India, nos temíamos lo peor, el caos a la India con mayúsculas, en proporciones bíblicas. Varios cicloturistas que habían pasado por aquí antes que nosotros habían optado por coger un tren para evitar esta zona. Y sin embargo..., resultó ser todo lo contrario. Pedaleamos una buena parte del trayecto por carreteras secundarias sin apenas tráfico, junto a canales a la francesa, bordeando parques nacionales y reservas de animales, con monos, búfalos, garzas y martines pescadores como únicos compañeros, por zonas rurales en plena cosecha de arroz y de caña de azúcar, por carreteras llanas o ligeramente cuesta abajo, nos encontramos a gentes no tan estresadas o agresivas como en las ciudades, gentes hasta (un poquito) menos ruidosas. No todo el trayecto fue así, claro, pero sí lo suficiente para dejarnos un buen sabor de boca y que nos reencontró con esa India que tanto nos gusta y que nos llevó en volandas hasta la frontera con Nepal, desde donde os escribimos.

Un abrazo

nota: Fotos del móvil y de una cámara de repuesto que no hace maravillas, nuestra fantástica Sony no resistió a los embates de los Himalayas y la enviamos a Delhi a ver si la salvan....

Estos días se recoge el arroz, esa variedad que se creó en la Revolución Verde de los 60, y que aparentemente logró que se produjera diez veces más que con el arroz tradicional, acabando así con el hambruna que India padecía por aquel entonces. Lo impresionante es que aún en muchos sitios se coseche "a mano", como en la foto. Era domingo, y participaba la familia entera de manera sorprendentemente coordinada.
Es habitual ver a dos, tres, cuatro y hasta cinco en moto. Estos cuatro nos dieron alcance para hacerse un selfie con nosotros.




La colchonería. Al aire libre. Un poquito de algodón por aquí, un poquito de tela por allá, una aguja de colchonero, y listo
De la colección: "Casualidades de la vida". Paramos en un chiringo en medio de la nada, donde no ha parado nunca antes un occidental. ¿Y dónde había vivido el hijo del dueño durante cuatro años? En Santa Coloma de Gramanet, yendo y viniendo a la Plaza de Cataluña a vender samosas todos los días. Se volvió a ayudar a su padre con el negocio familiar porque su hermano había fallecido en accidente de moto, algo no tan raro en este país.
Hace dos días pedaleamos por el "sugar belt". Una pequeña carretera secundaria con cañas de azúcar a derecha e izquierda, donde cada pocos kilómetros aparecía una pequeña chimenea, y enormes cacerolas de donde salía el líquido dorado. Sin una palabra de inglés consiguieron explicarnos el proceso entero. Muy majetes.
Arroz, arroz y arroz

Estos días también hemos pasado por pueblos con mayoría musulmana, y algo que hasta la fecha no habíamos visto en India. Mujeres de negro totalmente cubiertas, a excepción de los ojos.

Según nos acercamos a la frontera comenzamos a cruzarnos con estos "monstruos". Gigantes camiones.
La educación privada parece ser un negocio en India. Son montones y montones los carteles que vemos anunciando tal colegio, o tal universidad.
En Rishikesh los monos eran unos descarados, y de un tamaño considerable!
India sigue siendo un país no apto para los amantes del espacio personal. Son muuuuuuchas las ocasiones en las que paramos para beber agua, comer una manzana, hacer una foto...y de repente nos vemos rodeados de una docena o dos docenas de personas.
Se abre el paso a nivel, todos a por él!
Un clásico de los que cada vez se ven menos
Por las calles de Amritsar. Todos los medios de transporte valen.
Peregrinos camino de las fuentes del Ganges.
A mí lado, un chileno que lleva seis años viviendo en India, y que conoció a Yali y Pablo, fisioterapeutas de Santiago de Chile estudiando medicina ayurvédica en India, a través de un grupo de Facebook, "chilenos en la India". Y en el medio, Thomas, que también ha coincido en este viaje con Lander de Tolosa y Fernan de Basauri. Anda que no hay cicloviajeros vascos por el mundo!
Imperdonable que en la anterior entrada me olvidara de "el salto". Detrás, el monte Shivling y el monte sagrado Meru. Pedazo seis miles.
Las montañas del fondo son las Baghiratti. Los hermanos Pau las intentaron hace un par de años en el mes de agosto. Es divertido ver el trailer en el que asoman la cabeza por un pequeño resquicio de una tienda totalmente cubierta por la nieve, maldiciendo el horrible tiempo que tuvieron. Entonces la clasificaron como la expedición más dura que habían hecho hasta la fecha. Lo que es la metereología en montañotas de más de seis mil metros.
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Qué sano es pedalear por ciertas carreteras de India!! :D

1 comentario :

  1. Precioso lugar maravillosos paisajes. Qué placer leeros y veros. Muchos muchos muxus a los doa. Y a ver esa espiritualidad tuya hermano. Dónde la tienes escondida :)

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