21 de julio de 2015

"Si piensas que la aventura es peligrosa, piensa en la rutina. Es mortal". Cruzando Turkmenistán en cinco días

Hace unos años estábamos Bego y yo viajando por el oeste de China en un razonablemente cómodo autobús. China occidental es un gran desierto con unas cuantas ciudades -nada que ver con el densamente poblado este chino- y estábamos a unos cientos de kilómetros de alguna población de cierto tamaño... y posiblemente de cualquier población de cualquier tamaño. A lo lejos se acercaba un tormentón de esos bíblicos, con relámpagos que llenaban el cielo. Y ahí, en esa tormentosa vacuidad china, "in the middle of nowhere" que dicen los ingleses, se adivinaba la figura de un solitario cicloturista, pedaleando lenta y sufridamente, a quien a buen seguro esa noche le tocaría acampar bajo la lluvia, tras un duro día de calor y sudor. Mi comentario, definitivo, sentido y lapidario, fue: "yo no viajo en bici por estos lares ni jarto de na".


Y aquí estamos, una muestra más de mi fuerte personalidad y gran capacidad de liderazgo, en mitad del desierto turkmeno, chupando un calor infernal, sudando como un gorrino en una sauna finlandesa y con nuestras reales posaderas hechas unos zorros, mientras pedaleamos 500km en cinco días para cruzar este país en el tiempo marcado arbitrariamente por los simpáticos y dicharacheros burócratas de este mundo.

Desgraciadamente es casi imposible conseguir un visado de turismo para Turkmenistán, que además exigiría un guía acompañándote por todas partes. Así que lo que magnánimamente te ofrecen es un visado de tránsito para cruzar el país en cinco días. Algo que, si bien es insuficiente para cualquiera interesado en visitarlo turísticamente hablando, por lo menos sí te permite cruzar el país sin problemas si vas en coche. Pero cruzar los casi 500km de desierto en cinco días en bici, sin ser ni mucho menos imposible (cantidad de ciclistas lo hacen), es, qué duda cabe, durillo.

Estatua del fallecido dictador
Turkmenistán es considerada a menudo la Corea del Norte de Asia Central, en buena medida por la conducta, llamemos inusual, de su antiguo dictador, Saparmurat Niyazov, quien entre otras políticas sensibles, amistosas y de largo alcance en pos del bienestar y la felicidad de sus súbditos, decidió cambiar los nombres de algunos meses del año por nombres de sus familiares y los días de la semana por cosas como "día bendito" para el jueves, que, mira que casualidad, fue el día en el que pasó a mejor vida. Asimismo prohibió la música en los coches, el ballet, la ópera y el circo por considerarlos ajenos a su cultura, e impidió que los presentadores de televisión se maquillaran. Y, mucho peor, se autoproclamó presidente vitalicio. Desapareció del mapa en 2006, dejó como legado otro presidente casi tan pirado como él (de hecho hasta se parece físicamente y se rumorea que podría ser su hijo, aunque no parece muy probable) y un libro, Ruhnama (El libro del alma). Combinando guía moral/espiritual con autobiografía y una
Cartelón para el pueblo
historia nacional contada con dudoso rigor y buenas dosis de invención, su conocimiento es necesario para conseguir un trabajo y hasta para sacarse el carné de conducir. Niyazov llegó a afirmar que había intercedido con Dios para asegurar que aquellos estudiantes que hubieran leído el libro tres veces, fueran directamente al cielo. ¿De dónde sacan a estos tipos?

El 80% de los 488.000km2 de Turkmenistán (casi como España) son puro desierto, el desierto de Karakum; "el desierto de la arena negra", aunque, a diferencia del de Uzbekistán, que es el desierto de la arena roja y que efectivamente su arena es rojiza, la arena de Turkmenistán no nos pareció muy negra. Es, de cualquier manera, uno de los más secos del mundo. Así que los cinco millones de habitantes de Turkmenistán se concentran en unas pocas  ciudades. Si exceptuamos su falta de libertad, la censura, el no tener acceso a internet o a medios de comunicación mínimamente libres, que no haya opciones políticas, corrupción a
¿Arena "negra"?
diestro y siniestro y otras lindezas por el estilo, materialmente los turkmenos no parece que vivan del todo mal. Por de pronto reciben gratuitamente o muy subvencionados electricidad, gas, agua, sal y 120 litros de gasolina al mes, por lo menos hasta 2030. Y es que con las cuartas mayores reservas de gas del mundo, el PIB turkmeno ha crecido en los últimos años en dobles dígitos. Mucho dinero para apaciguar al pueblo.

De todas formas, sin internet, ni periódicos y con las noticias de la televisión y radio censuradas (y recientemente han prohibido las antenas parabólicas) y prácticamente sin turistas (Turkmenistán es el séptimo país menos visitado del mundo y supongo que parte de esas visitas son como la nuestra, de solo cinco días) ¿qué sabrán los turkmenos de lo que pasa en el mundo?

Mercado de Turkmenabat con una pareja de recién casados
Las pocas ciudades que hemos visto aparecen cuidadas, limpias, organizadas, con buenos coches circulando por sus calles, con edificios y monumentos nuevos, bastante cósmicos, algunos de ellos construidos a la mayor gloria de sus dirigentes, como esa estatua de cinco metros de altura chapada en oro de su expresidente que va girando para estar siempre cara al sol. Mmmmh, que coincidencia, "cara al sol", si es que son todos iguales.

En los mercados de esas ciudades, como casi siempre y en casi todas partes, encuentras gente amable, interesante y que se interesa por ti y tu viaje. Animados y bien provistos, estos mercados confirman el aparente bienestar material de los turkmenos.

Las mujeres son elegantes, con un vestido que les llega hasta los pies y que les marca la figura..., algo especialmente llamativo cuando te has pasado dos meses en Irán. Tocadas con una especie de turbante en plan Nefertiti (o, más mundánamente, como Marge, la mujer de Homer Simpson) tienen el toque exótico, oriental y, como digo, elegante, sin el recatado encubrimiento musulmán. A nuestros occidentales ojos, muchas estropean su
Clásica forma del vestido turkmeno, largo y marcando silueta
elegancia cuando sonríen, pues tienen la costumbre de ponerse montones de dientes de oro -que ocupan toda la boca y a veces se ponen sin necesidad, digamos, médica-, pues es símbolo de riqueza y estatus. Los hombres visten a la occidental y cuando sonríen, también "iluminan toda la avenida", como Pedro Navaja y su diente de oro. El expresidente, en otra decisión de alta política, prohibió a los dentistas la colocación de coronas de oro por antiestéticas, pero o no le hicieron caso o las sonrisas doradas son anteriores al edicto presidencial.

Los soviéticos dejaron su impronta por estos lares. Por ejemplo, de las 441 mezquitas que había en Turkmenistán en 1911, solo quedaron cinco en pie en 1941.

Equipo listo con la salida del sol
Como en el desierto iraní, nuestra rutina ciclista era intentar comenzar temprano a pedalear, descansar al mediodía y luchar contra el calor por la tarde para hacer los kilómetros previstos. Cada día recorríamos unos 90-120 km, todos y cada uno de ellos bajo un sol abrasador, prácticamente sin sombras en todo el camino bajo las que cobijarse. Cada 50-90 km nos refugiábamos en un café para comer y, sobre todo, beber. Botellas de 1,5 litros de Fanta han desaparecido por mi garganta en un instante. Llega un momento en que el agua ya no te entra, sobre todo cuando los últimos tres litros que te has bebido estaban tan calientes. El agua que llevábamos encima, que a veces nos la vendían literalmente congelada, estaba a punto de hervir cuando la queríamos beber. Llevábamos un termo con agua fría, que nos refrescaba cuando ya nuestras gargantas imploraban algo bebible. Pero eran solo 750cc y necesitaríamos muchos más para saciarnos.

Primer día en Turkmenistán
Continuamente soñamos con piscinas, refrescos y cervezas frías y sombra, pero lo único que tenemos es "polvo, sudor y hierro", que diría El Cid (qué melodramático, eh?).

La primera carretera con la que nos encontramos después de Saraqhs, al poco tiempo de cruzar la frontera, no hubiera desentonado en el peor país africano, con unos cráteres que nos hacía pensar que habían estado haciendo prospecciones petrolíferas en la misma carretera y unos agujeros en los puentes en los que cabría la bici entera. La parte final de esta carretera discurría además junto a unas lagunas, cuyos innumerables mosquitos (seguramente también africanos) se pusieron las botas con nuestra sangre cuando acampamos.

Agua fría de la "época próspera" regalo de un turkmeno
Tras unirnos a la carretera principal, la cosa mejoró y los kilómetros caían poco a poco. No se ven muchos cicloturistas por estos lares y los conductores nos animaban con sus bocinazos. Algunos también nos animaban con pasteles, como aquel repartidor de pastelería que decidió que nos vendrían bien una docena de pasteles en mitad del desierto. Gran sabiduría la de estos pueblos milenarios. Otros nos agasajaban con botellas de agua fría. Ante estas situaciones no aplicábamos las reglas del ta'arof iraní, sino que lo aceptábamos al primer ofrecimiento, no fuera a ser que se arrepintieran...

Acampados entre las dunas sin clavar clavijas
El paisaje es bonito dentro de su monotonía, sobre todo al amanecer y anochecer, cuando la luz del sol saca a relucir los mejores colores del desierto. Acampábamos relativamente cerca de la carretera, pues no es fácil empujar una bici de 50 kilos por la arena. Eso no impedía que estuviera lleno de escarabajos, arañas y, según nos han contado, alacranes y serpientes. Por suerte o por desgracia, no los vimos. Bego sí que vio algún camaleón y, aparentemente, un varano, de mordida dolorosa pero muy querido por los locales pues se come las víboras.

El visado de cinco días nos obliga a dejar Merv a un lado del camino. Un Patrimonio de la Humanidad que no podemos ver por culpa de los burócratas. Supone buscar un guía que nos explique las ruinas esparcidas en varios kilómetros de esta monumental ciudad y no tenemos tiempo, pero sí paramos un ratito para redesayunar en una parada de autobús..., donde no vemos pasar ningún autobús, sino coches particulares que según se llenan se marchan. Nuevamente, a la africana.

La antigua ciudad de Merv, Patrimonio de la Humanidad
En la carretera vemos todos los dromedarios que no hemos visto en Irán. Y curiosamente son eso, dromedarios, a pesar de que esperábamos ver camellos, estando ya en Asia Central. Van en rebaño acompañados de un pastor, y nos preguntamos para qué los criarán. Vemos un felino atropellado. Es
Dromedarios???
lo peor de la carretera desde que salimos de Donosti, la de animales muertos que vemos. Tortugas, aves, montones de perros, erizos,...

Finalmente, al quinto día conseguimos llegar a la frontera a las doce y media del mediodía, para oír que está cerrada para comer y no abren de nuevo hasta las dos. Compartimos los escasos centímetros de sombra que hay a esa hora con una turkmena que intenta cambiarnos dinero a un tipo de cambio atroz, y a las dos ya estamos abriendo todas y cada una de las alforjas para el vista de aduanas. Un rato más y cruzamos a Uzbekistán, pero esto ya os lo contaremos en otra ocasión.

Un abrazo

En el desierto también hay primavera
"Manti", una especie de raviolis que se repiten en toda Asia Central, pena que los rellenen con cordero!
Panes turkmenos, mucho mejores que los iraníes!
Pedaleando a la velocidad a la que se ven camaleones. Y carracas, y abejarrucos, y abubillas, y cigüeñuelas, y cucos, y otro montón de aves que no conocemos.
En la ciudad de Sharaks los colegiales querían hacerse foto con nosotros. Todos con smarphones de alta gama.
Las chicas de la portada de esta entrada, esta vez enteras, para que veáis que lo del vestido largo y de mangas largas era costumbre hasta en las niñas!
En los cinco días nos cruzamos con dos "rebaños" de dromedarios.
Las mujeres que trabajaban en el campo iban con la cara completamente cubierta para evitar el sol
Una constante en muchas carreteras de Turquía, Irán, y ahora Asia Central. Botellas de plástico a los lados de la carretera, en ocasiones con orina de camioneros con prisa...
"Oh, oh,...." es lo primero que pienso según nos hacen pasar por las primeras de las muchas etapas de la aduana de entrada a Turkmenistán. Hemos entrado en una sala que fuera reza "Sanitary Control" y dentro nos espera un hombre de bata blanca con un militar detrás supervisando. Sobre la mesa, un termómetro digital. Estoy segura de que tengo fiebre. Los dos días anteriores no estaba nada fina, pero como teníamos que llegar a Turkmenistán, seguí pedaleando con algún que otro analgésico. Me pongo detrás de Hugo mientras le toman a él la temperatura y me pellizco las mejillas, agradeciendo que con las prisas por llegar pronto a la frontera, esa mañana aún no me haya puesto en la cara el ungüento de agua y polvos talco que nos vendieron como crema solar en Irán y que te deja un color de enfermo de los de "pa-qué". Llega mi turno y "pi-pi-pi", el cacharro empieza a pitar. Se levanta el militar de su silla y vuelven a tomarme la temperatura. "You OK?", me preguntan. "Yo estupenda", con una sonrisa de oreja a oreja mirando el cacharro como si no entendiera nada. Cuela. Saca el post-it con forma de manzana, lo sella, y lo pega a mi pasaporte. Sana como una manzana. Luego viene el control biométrico. Pillan el pasaporte de Hugo, miran la foto, le miran la nariz y listo, no hay dos iguales. Pillan mi pasaporte, me miran y remiran, les despista la cara-pan que tengo, y me piden que me quite las gafas. Miran y remiran, y me piden que me quiten el casco, y ahí ya sí, mi frente Christina Ricci no deja lugar a dudas. Otra etapa superada.
Otra constante del desierto. Reventones de las ruedas, en este caso una de las traseras.
La única mezquita que vimos en los cinco días. En Mary. Es la capital cultural del mundo turco del 2015, montones de edificios nuevos e impolutos.
Ditto
La carretera discurría paralela a la vía de tren, y los trenes de mercancías se sucedían a lo largo del día
Samosas, o "somsa" como les llaman por aquí, otra constante en Asia Central
Así como en Albania solo habían comprado señales de 7%, en Turkmenistán solo acopiaron las de 12%. Por suerte....ni de coña...
Sal saliendo por las costuras
Autobuses urbanos de Turkemenabat. Aquí no estaban tan al día.
Una imagen que no se veía en Irán: mujeres montando en bicicleta como transporte urbano
Superada la última etapa, el puente flotante a la salida de Turkmenabat cercano a la frontera con Uzbekistán. Y superada la etapa de la aduana donde revisaron las fotos de mi cámara. Al final va a ser verdad que saco demasiadas. El funcionario se aburrió antes de llegar a estas fotos del puente -siempre sensitivas-, y a los selfies de la víspera de mis posaderas!! (valoración de daños).

5 comentarios :

  1. Bego, excelente la anecdota del control de temperatura en la frontera de entrada en Turkmenistan!!! :-) Besos. Iñigo Mendiburu

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  2. Ahora resulta que estar pedaleando todos los días no es rutinario... y es que para colmo no hacéis ni fines de semana de descanso de vuestra rutina.
    Y otra cosa, ¿qué pasa cuando no consigues cruzar en 5 días?
    Wendy

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    1. Cada pedalada, mi querido pequeño saltamontes, nos descubre un nuevo mundo, una nueva y fascinante realidad que nos aleja irremisiblemente de la rutinaria cotidianidad.
      (Sonoras arcadas)
      Ah, y si te pasas de los cinco días te crujen una multa que se te caen los culottes al suelo
      Abrazo

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  3. Qué gozada de lectura! Muy inspirativo! Mucha suerte con vuestra aventura!

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