Llegamos a Zambia
Después de la locura de Kinshasa (anteriormente llamada "la belle" y ahora, con cierta sorna pero mucho realismo, "la poubelle" o "cubo de la basura"), aunque amortiguado por el paso por la tranquila y relajada Lubumbashi, la entrada en Zambia nos pareció un remanso de paz, orden, limpieza y civilización. Nos hizo pensar que entrábamos en "otra África", más desarrollada, más occidentalizada, más urbana, anglófona, donde el transporte funciona... En parte es así, pero las zonas rurales, con su pobreza, sus chozas, su agricultura de subsistencia, sus tradiciones (por ejemplo, la tan arraigada tradición de meter a 300 en un minibús), etc., te devuelve al África que conocíamos.
Y n
o tendría que ser así. Cuando Zambia se independizó en 1964 era el segundo país más rico de África, tras Sudáfrica. Desgraciadamente su primer presidente, Kenneth Kaunda, montó un estado socialista con partido único, nacionalizó todo lo nacionalizable, incluyendo sus importantes minas de cobre, implantó controles al tipo de cambio y levantó barreras arancelarias. Los donantes de ayuda externa no sólo se lo permitieron sino que, cuando el precio del cobre bajó en 1974, aumentaron las ayudas, tapando con dinero todos los problemas que no se habían gestionado anteriormente. Cuando tras 27 años en el poder KK perdió las primeras elecciones que convocó, Zambia era un país más pobre que cuando lo tomó, a pesar del cobre y de toda la ayuda recibida. Lo malo es que después llegó Chiluba y con él la corrupción, que dejaron al país temblando. Sin embargo, la ayuda externa todavía siguió llegando, confirmando aquello que los críticos de ésta dicen sobre que "es una transferencia de riqueza de los pobres en los países ricos a los ricos en los países pobres".